Mario Vargas Llosa y el fútbol: en el juego de la vida

En la memoria de los pueblos sobreviven, a pesar del trascurso de los años, heroicas batallas e inolvidables partidos. De la remembranza colectiva resurgen épicos encuentros deportivos, que con inevitables exageraciones en el relato de generación a generación, adquieren el carácter de leyendas y mitos populares.

En sociedades como la nuestra, el fútbol acapara esa necesidad colectiva de crear historias y alimentar el espíritu grupal, entre otras funciones que hacen del balompié una pasión.

Mario Vargas Llosa, uno de los tantos casos de literatos enamorados del fútbol, menciona en su ensayo Los 11 titulares que el fútbol es necesario para la sociedad pues de él se extraen los ídolos que todo pueblo necesita. Todas las sociedades vanaglorian héroes contemporáneos sean estos políticos, militares, actores o deportistas, siendo estos últimos los más inofensivos a quienes se les puede conferir la terrible y peligrosa arma que da el poder de la idolatría. Además que el culto al jugador dura en tanto éste demuestre talento, el cual, inevitablemente, se desvanece con el paso de los años, perdiendo la alabanza, que en las tribunas está muy cerca de los silbidos, referiría el autor de Conversación en La Catedral.

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Mario Vargas Llosa, hincha de Universitario de Deportes.

 

Entretenerse o emocionarse son legítimos derechos que merecen disfrutar los pueblos y que encuentran en este prodigioso fenómeno contemporáneo, aunque, algunos, lo cuestionen aduciendo que enajena y desvincula de los asuntos importantes. Sin embargo, no debemos olvidar que el fútbol, como todo deporte o espectáculo placentero, es efímero, momentáneo y sus consecuencias se desvanecen al igual que las emociones, añade el mismo autor.

Roberto de Mata, antropólogo brasileño, sostiene que en el fútbol se ve representada una sociedad ideal. “En el fútbol, el público ve representada una sociedad modelo, a la que gobiernan leyes claras y sencillas, que todos comprenden y acatan y que, al violarlas, entrañan para el culpable castigo inmediato. Además de justa, una cancha de fútbol es un espacio igualitario, que excluye todo favoritismo o privilegio”, refirió también Vargas Llosa en una columna para El Comercio, a propósito del mundial España 82′.

“Aquí, en este césped marcado por la tiza, cada cual vale por lo que es, por su destreza, empeño, ingenio y eficacia. Ni el apellido ni el dinero ni las influencias cuentan lo más mínimo para meter goles y merecer los aplausos o silbidos de las tribunas. El jugador de fútbol, por otra parte, ejercita la única forma de libertad que la sociedad puede ofrecer a sus integrantes, so pena de desintegrarse: la de hacer todo lo que quieran que no esté explícitamente prohibido por unas reglas que todos aprueban”, agregó en su texto el Nobel de Literatura.

El fútbol es la metáfora misma de la sociedad. Es difícil imaginar un noticiero o un diario sin notas deportivas. Los equipos locales son asunto de Gobierno.

Ryszard Kapuscinski, en su libro de reportajes La guerra del fútbol, describe, al punto de estremecer, las repercusiones sociales, políticas y territoriales que sucedieron debido al resultado del encuentro entre las selecciones de Honduras y El Salvador. Tal rivalidad, aumentada por el deseo de alcanzar un cupo al Mundial de México 1970, llegó a los extremos de ocasionar una guerra entre dos pueblos fronterizos y hermanos. Aunque las verdaderas causas del conflicto van más allá del ámbito futbolístico, la pasión por este deporte, muchas veces, desborda la coherencia lógica del pensamiento y el accionar humano.

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Estadio en Cusco – Perú. Ciudad de los incas y del fútbol.

 

Albert Camus sostenía que todo lo que sabía sobre los hombres se lo debía al fútbol. El fútbol, y quizá algún otro deporte, nos da la posibilidad de comprender y estudiar, no solo al hombre, también a la sociedad a partir de los estilos de juego que desarrollen sus equipos.

Cualquier especialista -es decir, cualquier hincha- reconoce en el fútbol escuelas que caracterizan el juego de los equipos. Se pueden identificar dos de las cuales emergen varias sub-escuelas con pequeñas y particulares variaciones.

La primera se reconoce por desarrollar un fútbol romántico: sus equipos practican partidos vistosos, toques de balón armoniosos, construyen paredes y elaboran jugadas que dan espectáculo y se mezclan con sus danzas autóctonas.

Y es que el fútbol, según Vargas Llosa: “Expresa de manera privilegiada la aptitud creadora de sus gentes, la alegría, la picardía, el ritmo, la sensualidad y la gracia, esas virtudes que están, también, tan vivas y actuantes en su música. He sido siempre un admirador fervoroso del fútbol brasileño, porque es un fútbol que tiene tanto de espectáculo y de rito, de fiestas y de danza, como tiene de deporte”.

Es el estilo distintivo del juego sudamericano, en general. Acá, ya sea por el clima o música, se disputan juegos alegres, vistosos y del agrado de los espectadores.

La segunda escuela es la del fútbol pragmático. Se diferencia porque prioriza los resultados antes que el juego. No importa cómo, así sea mediante un partido metódico o esquematizado. Se puede relacionar, aunque no generalizar, con el fútbol europeo, en donde se priorizan los hechos inmediatos. Ser exactos, fríos en el procedimiento.

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Un picado en el barrio.

 

Los pueblos se expresan de diversas formas. Por ejemplo, los peruanos, ubicados en la primera escuela y con variantes propias de nuestra forma de actuar, basamos nuestro juego, a parte de la alegría, en la “criollada”, el toque de balón, por ratos excesivo, y, ante todo, la creatividad, virtud tan desarrollada que también se manifiesta en nuestra comida.

“La creatividad de los peruanos, por ejemplo, se ha volcado extraordinariamente en la cocina, nuestros platos, guisos, salsas, condimentos, ingredientes, revelan una fantasía y una audacia especulativa tanto más sorprendentes cuanto que somos un país pobre, donde mucha gente come mal y alguna no come”, apuntaría Vargas Llosa en otra columna para El Comercio.

Jorge Valdano, talentoso exjugador argentino quien destacó en las filas del Real Madrid, mencionaría, tal vez con un poco de acierto, que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. Sin embargo, no se discute su influencia en nuestra sociedad. Para los peruanos, el balompié es una vocación platónica, una necesidad y, al mismo tiempo, un goce y una obligación que cumplimos con disfrute y lealtad.

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