La Piedad del Presidente (Sánchez Cerro)

Jorge Basadre decía que era “un hombre muy hombre y un peruano muy peruano”. Impávido, astuto, nacionalista, para quienes lo conocieron. Al pie de su tumba, en el cementerio Presbítero Matías Maestro -donde están algunos de los hombres y mujeres que escribieron la historia del Perú-, compruebo lo que me dijeron hace unos días: describir a Luis M. Sánchez Cerro será siempre difícil.

Sánchez Cerro nació en 1889, mientras el Perú se levantaba de la Guerra por el guano. Según sus biógrafos era humilde pero cálido. Entonces, contrasta demasiado su personalidad con el monumento que le erigieron. Como en la Piedad del Vaticano, la Patria recibe en su regazo el cuerpo sin vida de un idealizado militar y peruano.

La Patria, representada en un hombre con casco y capa, mira vigilante, unos metros más allá, el mausoleo de Óscar R. Benavides -aquel militar que ‘extrañamente’ sustituyó a Sánchez Cerro, horas después del atentado que acabó con su vida-. La muerte los volvió a unir. La Patria cuida atentamente el cadáver del soldado que desde joven anhelaba servirla; protege al militar de origen humilde y piel trigueña que no nació para coleccionar billetes, sino heridas. Lo lleva en sus faldas con el amor de una madre a un hijo.

En días de tardes frescas, bailoteaba en mi pared una descolorida imagen de Sánchez Cerro. Era un cuadro de mi abuelo. Él lo admiraba no solo por ser su paisano, sino por su carácter. “Era el arquetipo del caudillo y expresión viva de nuestro mestizaje”, me decía cuando hurgaba en su memoria. En todas las imágenes sobresalía su buena presencia y la sumisión de todos sus cabellos. Ni en su monumento ha perdido la galantería.

A su entierro fue una multitud de seguidores. Era el homenaje al hijo del pueblo que llegó a ser Presidente. El dolor era hondo y desgarrado. Y con ese sentimiento diseñó Romano Espinoza, uno de los más destacados escultores peruanos de mediados del siglo XX, su monumento fúnebre. Imponente escultura de bronce solo comparable a la humilde tumba del Cantor de América, José Santos Chocano.

En la derecha del mausoleo, el escultor colocó un escudo en el cual ebulliciona el Misti, en remembranza al levantamiento militar que Sanchez Cerro encabezó en Arequipa para poner fin a la dictadura de Leguía. A la izquierda, una espada adornada con dos laureles recuerda su aureola de militar bueno y bizarro. Hoy yacente, su cuerpo mira al mismo sol que 80 años atrás lo empujó a empuñar las armas. Tras el olvido de la historia un gallinazo merodea su tumba.

A distancia suenan los cañonazos que Grau encendió en 1879. En un rincón, olvidado, José Carlos Mariátegui se lamenta. Gonzales Prada se retracta, los jóvenes solos no podrán acabar con la obra tanto tiempo postergada.

Sánchez Cerro no le quita la mirada al sol. Paciente y sereno perdona los gestos de racismo, superioridad y desplantes que la oligarquía le hacía en las fiestas oficiales, y ahora reposan a su lado en busca de perdón.

Su gobierno estuvo lleno de luces y sombras, de aciertos y errores. Entre 1931 y 1933 el Perú vivió años violentos acrecentados por la crisis económica internacional (el Crack del 1929), en especial, por la dependencia del país a los capitales -préstamos- norteamericanos. Terrible crisis marcada por una serie de sucesos sangrientos como el sucedido en Trujillo en 1932, “El año de la barbarie”. Él no tenía enemigos, tenía adversarios. Hoy sus adversarios son el polvo y la fragilidad memorística de los peruanos empecinados en repetir la historia.

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