Yo también me llamo Perú

Cada cambio de mando democrático debe celebrarse, sobre todo en un país acostumbrado a los golpes de estado. Una nación constantemente gobernada por dictaduras necesita alegrarse siempre que se respete la decisión popular al elegir un nuevo presidente. Las últimas Fiestas Patrias 2011 fueron, a la espera de tiempos más justos, motivo para renovar las esperanzas y el compromiso con este país que, como un equipo capitalino de fútbol, es más grande que sus problemas -corruptos incluidos-.

Los 28 de Julio en el Perú no son días comunes. Amanece más temprano y siempre alumbra el sol, pese a estar en invierno. El rojo y blanco colorean las calles y se despierta la identidad a este país, aunque sea por unas horas. Se entona el himno, aunque no juegue la selección de fútbol, y se respeta la bandera, pese a no estar en el colegio.

Un cachaquito -que nos mira mal- y su caballo rasta: patriotas.

Las actividades oficiales de Cambio de Mando comienzan con la Misa Solemne y Te Deum -incluida la hora loca de Cipriani-. Luego debería venir la entrega de la banda presidencial, aunque en el Perú muy poco se cumple esta tradición: acostumbrados a las renuncias –por fax-, a los golpes cívico-militares o, en este Gobierno, a los berrinches presidenciales  de no entregar la banda.

Este año, desde muy temprano, comenzaron a llegar los nuevos parlamentarios al Congreso -muchos rostros desconocidos y preocupantes-, así como las delegaciones extranjeras invitadas al Magno Evento. Hasta estas inmediaciones también asistió un grupo de músicos, que vestidos con trajes andinos y al ritmo de sus pututus, nos recordaban que el Perú es más que Lima.

Bonita vecindad. Llegada de los mandatarios invitados al Cambio de Mando, entre ellos: Sebastián Piñera, Juan Manuel Santos, Evo Morales, Porfirio Lobos, Dilma Rousseff. Al final no se pueden quejar, como dijo Rafael Correa, la ceremonia estuvo “entretenida”.

Siempre fuera de la hora, como es habitual por acá, comenzó el discurso presidencial. Con otra hora loca incluida, cincuenta y cinco minutos después, cada cual hizo su interpretación de lo dicho, es decir, como mejor le convenía. ¿Y la cultura? No se trató. Faltaron minutos (o ideas).

¿Guardia presidencial? Este perrito sorprendió a la seguridad de Ollanta, mientras este llegaba al Congreso para juramentar y pronunciar su discurso.

Llega Ollanta Humala al Congreso resguardado por excesivos agentes de seguridad (sin embargo, el perrito ya ingresó al Parlamento…).

Minutos antes de jurar por la del 79 -no por la Bruja del 79 si no por la Constitución de 1979: ambas rechazadas-.

Terminado el discurso, afuera del recinto la prensa ansiaba, como el delantero anotar su gol cuando está en sequía de varias semanas, las declaraciones –cuando no metidas de pata— de algún político figuretti. Hasta que obtuvieron su premio: “Tenemos un presidente de facto”, declaró una congresista que hacía extrañar su presencia en el Parlamento a falta de temas productivos.

La última chupada del dulce. Martha Chávez fue la más esperada por la prensa tras el discurso y su largo “berrinche” durante dicho evento.

Fuera de las portadas del día siguiente, quedaron las promesas de reparar las injusticias, sancionar la corrupción o la inclusión de los más pobres. Ha llegado “la hora de los misios”, se escuchaba en las calles. Los olvidados producto del centralismo, esos que militan el Partido de las Penurias, revivieron su endeble peruanidad y la fe en ese Estado –al que, en palabras del nuevo Presidente, le da soroche la altura–.

Militante del Partido de las Penurias

A falta de claridad, todas las recetas políticas, hasta ahora recomendadas, se pueden resumir en un único detalle: gobernar para los excluidos.

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