El opio del pueblo

Aunque durante su Mensaje a la Nación Ollanta Humala anunció una férrea lucha contra el narcotráfico, las últimas decisiones en esta materia no han sido las más claras. Acciones como el nombramiento de Ricardo Soberón como presidente de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (DEVIDA) y la posterior suspensión temporal de la erradicación de los cocales han despertado la preocupación por el futuro de la lucha contra el narcotráfico.

A ello se deben sumar los resultados del último reporte de la Oficina de las Naciones Unidas para el Control de las Drogas y la Prevención del Crimen (ONUDC) en el que ubican al Perú muy cerca de Colombia -hasta ahora el mayor productor de coca en el mundo-. Según dicho reporte pasamos de 42 000 hectáreas de coca a más de 61 000 en los últimos cinco años. Lo que demuestra, sin dudas, el fracaso de las políticas antidrogas durante los últimos gobiernos -en especial el quinquenio aprista-.

Erradicación de hoja de coca

Uno de los tantos errores en esta lucha es la falta de empadronamiento de cocaleros. Aunque esta medida despierta dudas en algunos especialistas, es importante tener un registro en el cual poder comprar la producción de los empadronados –la que va destinada al consumo tradicional– y combatir la sobreproducción de los ilegales –la cual, como se sabe, va a la cocaína–.

Otra de las aristas en esta lucha es la deficiente preparación de los militares en las zonas de emergencia. Tal y como han denunciado las autoridades que estuvieron al mando en dichas zonas, no existe preparación en los soldados,  ni equipamiento básico. Según sus demandas, es poca su capacidad de reacción en comparación con la rapidez de los narcotraficantes. Todo haría indicar que existe conflicto de intereses por parte de las autoridades encargadas de combatir este problema; lo que limita la capacidad de defensa de los militares.

La situación es clara, mejor dicho, oscura. No existe hasta ahora una lucha frontal que combata la pobreza en las zonas de producción cocalera. En el VRAE, Valle de los Ríos Apurímac y Ene, por ejemplo, la pobreza rebasa el 50% de la población. La erradicación debe darse, pero, sobre todo, sustituirse con otras formas de producción. Sustituir, luego de erradicar. En la misma vía es necesario masificar la presencia del Estado con la construcción de carreteras, puentes, viviendas, escuelas, postas médicas.

La ineptitud para atacar esta situación -en especial del gobierno anterior- nos hace recordar los primeros años de lucha contra el terrorismo -durante los lejanos, pero sobre todo olvidados, inicios de los años ochenta-. Momentos en los que se tomó el tema con desinterés, sin preveer la capacidad combativa que Sendero Luminoso podía desarrollar (aquel desconocimiento del enemigo acarreó en las consecuencias ya conocidas). La situación se puede ir de las manos y la historia -como es nuestra costumbre- se podría repetir. Deberíamos mirar hacia el norte y observar que el escenario en México es incontrolable. Con casi 400 periodista asesinados, la lucha contra los cárteles de droga parece pérdida.

Sobreproducción de hoja de coca

Si a estas falencias se suma el aparente doble discurso de Ricardo Soberón, como muestran sus correos electrónicos en los que indica a los cocaleros que no siempre podrá suspender la erradicación de hoja de coca, parece que pronto tendremos el triste título de ser los principales productores de coca en el mundo.

Otra decisión preocupante fue el nombramiento de Eduardo Federico Roy Gates como consejero presidencial en asuntos jurídicos. Como se recuerda, este polémico abogado defendió anteriormente a la familia Sánchez Paredes, clan que estuvo vinculado al narcotráfico.

Mientras el consumo de cocaína crece en el Perú, resultaría erróneo seguir con la políticas hasta ahora aplicadas o copiar el “éxito” colombiano. También está comprobado que con la cooperación económica internacional externa no es suficiente.

¿Se está tomando en serio la guerra contra el narcotráfico?

Como demuestran los resultados, las decisiones de los últimos gobiernos no han sido las acertadas, por lo que es imperioso un cambio radical en esta lucha: una estrategia integral y más efectiva. También es cierto que no se pueden exigir aun resultados, pero las señas que se están dando son, por lo menos, preocupantes. No puede haber ambigüedades, ni concesiones.

(Parte de este post fue publicado en Irradiando el 6.09.11)

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