“En caso de apuros, gana Alemania” por Juan Villoro

Dios es redondo de Juan Villoro es un libro de poesía futbolera. En él, Villoro explora las supersticiones, los ritos y los mitos que han convertido a los estadios en catedrales, a los jugadores en apóstoles y a los árbitros en ángeles del infierno. De todas las historias que se relatan, rescato una dedicada a explicar por qué el fútbol es un juego sencillo, en el que 22 jugadores disputan un balón, pero, al final, siempre gana Alemania, a decir de Gary Lineker.

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¡Si es alemán, es bueno! Germanos tras ganar el Mundial del 54. (Imagen: Internet)

Texto del relato:

En caso de apuros, gana Alemania (‘Dios es redondo’ de Juan Villoro)

El Mundial de Suiza, en 1954, se celebró para atestiguar el triunfo de Hungría. Aunque en 1950 Brasil había perdido en casa contra todos los pronósticos, ningún Mundial ha tenido un favorito más claro. La selección húngara no había perdido un juego en cuatro años y medio.

En su camino al Mundial, Hungría le ganó a Inglaterra 6-2 en Wembley y 7-1 en Budapest. Fue memorizada por aficionados que jamás conocerían el Danubio, pero sabían lo que Kocsis, Hidegkuti y Bozsik llevaban en los pies. El sol en torno al cual giraban era Ferenc Puskas, capaz de anotar de zurda a 35 metros de la portería. Se puede decir que la Hungría del 54 fue el primer equipo en practicar con coherencia la formación 4-2-4, en darle valor a los mediocampistas y entender que el centro del terreno puede ser una factoría de goles. El portero, Gyula Grosics, anticipaba el futbol futuro: usaba los pies para colocar pases de calibrada precisión. A excepción de Hidegkuti, las estrellas húngaras jugaban en el equipo del ejército, el Honved. Se conocían desde hacía mucho y practicaban de común acuerdo otros deportes para fortalecer. Una utopía comunista en plena cancha.

De manera esperada, los húngaros anotaron 17 goles en sus primeros dos partidos de Suiza 54. Lo más significativo es que el segundo partido fue un 8-3 ante Alemania, con Puskas lesionado. Cuando estos dos equipos volvieron a encontrarse en la final, nadie podía esperar un resultado adverso a Hungría.

¿Qué tenía Alemania para frenar el destino? Lo que siempre ha tenido en la hierba: la capacidad de transformar el calvario en épica. Su capitán, Fritz Walter, era un veterano de 33 años con fobia a los aviones. Había sido paracaidista en la guerra y vio morir a su mejor amigo en un accidente. Lo acompañaba un puñado de jóvenes de la Alemania en ruinas.

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Fritz Walter (en la izquierda) y Ferenc Puskas (derecha) capitanes de Alemania Federal y Hungría, respectivamente. (Imagen: Internet)

El entrenador, Sepp Herberger, era uno de esos excéntricos profundamente racionales que cada tanto produce Alemania. En el primer partido contra Hungría presentó una alienación sorpresiva, como si descartara en entrada toda posibilidad de victoria y no quisiera cansar a sus titulares. Sin embargo, sus declaraciones no confirmaron esta suposición, que en el fondo lo favorecía. Cada vez que le preguntaban por el destino de un partido, decía: “El balón es redondo”, como si todo dependiera del azar o la voluntad de Dios en el césped.

Puskas estaba lesionado y mucho se especuló acerca de su comparecencia en la final. En un gesto que algunos interpretaron como una capitulación adelantada, los alemanes le ofrecieron asistencia médica, que fue rechazada con altivez.

La gran inspiración de Herberger ocurrió en vísperas de la final. El entrenador alemán explicó con voz seca y paciente que en condiciones normales el equipo magiar era superior, pero si llovía, las cosas podían ser distintas. De acuerdo con Victor Hugo, Napoleón perdió en Waterloo porque la lluvia arruinó su virtuosismo de artillero y sus cuidadas cargas de caballería. El mal clima favorece a los que se adaptan al lodo y al desorden. Cuando Herberger recibió en su palma una gota de agua, supo que la final en Berna sería un duelo de trincheras, una oportunidad para el coraje.

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Gol de desempate de Alemania Federal (a los 86 minutos) que les dio el título del mundo. (Imagen: Internet)

Recordemos la voltereta más famosa de la historia. Hasta la fecha ninguna final ha sido tan sorprendente. En forma esperada, Hungría anotó dos goles en ocho minutos. El capitán Fritz Walter reunió a sus jugadores y les dijo algo que nadie oyó y nunca se supo. ¿Qué podía comunicar ese hombre que no podía oír el ruido de un avión sin venirse abajo? ¿Cuál fue su agónico despacho de guerra?

La película El milagro de Berna narra las numerosas expectativas que despertó ese partido: para unos representaba la constatación del desastre alemán después del delirio nazi; para otros, la recuperación del júbilo. Todo empezó mal, pero todo estaba por cambiar. Por esos años nació un niño llamado Gary Lineker, que crecería para anotar goles en nombre de Inglaterra y decir: “El futbol es un juego sencillo en el que 22 jugadores disputan un balón y al final siempre gana Alemania”.

De haber jugado diez partidos con Alemania, posiblemente Hungría habría ganado nueve. Pero ese día llovió y Alemania se supo alimentar de sus problemas. La final terminó 3-2, a favor de los reyes trágicos del balompié.

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Gary (sabe): “El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre ganan los alemanes”. (Imagen: Internet)

Suspendamos el relato para que comparezca un concepto que involucra a la historia de las mentalidades y tal vez a la transmigración de las almas: la tradición. A menudo sucede que un equipo pierde en un estadio por la sencilla razón de que siempre ha perdido en ese estadio. De poco sirve que llegue invicto en 20 partidos y con un centro delantero al que Nike le fabrica zapatos dorados. El azar o los dioses o los canijos vientos hacen que pierda en esa cancha. El determinismo de la tradición futbolística resulta abrumador. Puede suceder que todos los que fueron derrotados la vez anterior ya estén en otros equipos o se hayan retirado: sin embargo, aunque los nuevos integrantes no compartan con ellos otra cosa que la camiseta, la tradición llega a arrebatarles balones decisivos.

A veces estos mitos se derrumban, pero cuesta mucho sobreponerse al futbol espectral. Algo así ocurrió en 1974 y 1978. En el Mundial de Alemania, Holanda jugaba de maravilla pero carecía de la tradición que se adquiere haciendo gárgaras amargas. Alemania Federal cargaba con un juego predecible y mucho lastre; perdió contra Alemania Democrática, le ganó a duras penas a Chile, padecía la presión de un público que no veía por dónde encontrar motivos para ser pangermánico. Parecía difícil que se impusiera. Pero Alemania estaba apoyada por las sombras largas de los muchos que sufrieron en su nombre. Se capitán, Franz Beckenbauer, era el joven líbero que había deslumbrado en Inglaterra 66. Nadie ha tenido mejor postura en la cancha ni ha corrido sin balón con un garbo tan amenazante. Cuando Heidegger, que no sabía nada de futbol, fue a un partido, le asombró el determinismo con que corría un joven novato, un jugador tocado por el destino. Era Beckenbauer.

En los dos Mundiales anteriores, el capitán de Alemania había sufrido lo suyo. En Inglaterra 66 vio cómo la copa se les iba con un gol fantasma (el abanderado soviético que decidió la jugada confesó que había normado su criterio por la gestualidad: el portero alemán lucía abatido y el delantero ingles alzó los brazos; esta iconografía del triunfo le resultaba tan familiar que la aceptó como sustituto de lo que no había visto). En México 70 Alemania perdió el “partido del siglo” ante Italia y Beckenbauer jugó con el hombro zafado, portando un vendaje de herido de la Gran Guerra.

En cambio, Holanda estaba contenta. Los futbolistas anaranjados bebían buen vino, fumaban un cigarro o dos en el descanso del partido, recibían las visitas de sus esposas o sus novias (o sus esposas y sus novias). Los alemanes llegaron a la final como deportados del frente ruso. Naturalmente, ganaron el partido.

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Beckenbauer, capitán de Alemania Federal, levanta la Copa del 74. Holanda: el rey sin corona. (Imagen: Internet)

¿Y qué decir de los argentinos de 1978? Perdieron contra Italia ante su público y golearon a Perú con alta dosis de sospecha. Pero representaban al país de Di Stéfano, Sívori, Pedernera y otros genios que nunca ganaron mundiales, pero debieron hacerlo. Los once de Menotti corrían impulsados por deudas acumuladas durante varias generaciones.

Nadie puede calibrar el sufrimiento histórico que desequilibra los partidos. Si un defensa sospecha que su esposa lo engaña con su compadre mientras él está concentrado en un hotel, ese sufrimiento es real pero no histórico. Al día siguiente anotará un soberbio autogol. En cambio, el dolor de los que antes estuvieron en la misma situación potencia como un compuesto hecho del hierro de los tiempos. La gran epifanía en la película sobre la vida del Rey Pelé es el momento en que, siendo niño, oye por radio la final de 1950 y atestigua la derrota de los suyos en el Maracaná. De esa fisura surgió la voluntad de regate y toque prístino que le permitirían conquistar tres veces la copa que perdió en su infancia.

En cambio, ¡qué trabajo cuesta que Holanda se preocupe! En la Eurocopa 2000 fue la selección mejor afeitada del continente. Como jugaba en casa, las gradas se llenaron de alegres trompetistas. Un marco perfecto para un amistoso, no para la guerra. Cuando Kluivert falló dos penaltis en el mismo partido, las cámaras enfocaron al príncipe de Holanda: sonreía con un dichoso gesto de kermés. La escena revela la poca repercusión que un lance fatal tiene en los Países Bajos.

No vamos a encomiar aquí la antropología del desastre, digamos, tan solo, que en Brasil una situación equivalente hubiera llevado a miles de sacerdotisas a decapitar gallos a mordiscos y a algunos discapacitados a arrojarse al mar con sus sillas de ruedas. Holanda sólo ganará el Mundial cuando sea menos feliz y se deje afectar por complejos y frustraciones que hasta ahora desconoce.

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Kempes marca el segundo gol en tiempo suplementario. Argentina campeón mundial. “Holanda sólo ganará el Mundial cuando sea menos feliz”. (Imagen: Internet)

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