“Tercera edad y parapsicología” por Juan Gonzalo Rose

El maestro César Lévano dice que “el azar es amigo de los que buscan”. Por ello, quien busca encuentra, pero resulta mejor, aún, cuando lo que encuentras no lo investigas. Apuntes a lápiz fue el espacio en el que Juan Gonzalo Rose –sobran las presentaciones– escribía reflexiones sobre, por ejemplo la que está líneas abajo, ese momento al que no se quiere llegar: la vejez. Esa etapa que está acompañada de dolor y se busca evitar, aplazar o, al menos, disfrazar porque, quizá, representa el inicio de la última experiencia: la muerte. El siguiente escrito apareció en la revista Caretas, en 1980.

Texto:

TERCERA EDAD Y PARAPSICOLOGÍA

Por JUAN GONZALO ROSE

Yo soy un habitante de la tercera edad. Los gerontólogos (médicos especialistas en enfermedades propias de las edades avanzadas) y los psiquiatras modernos, han denominado así –un tanto eufemística y caritativamente– a la vejez.

Hablando en términos generales la tercera edad se caracteriza por falta de entusiasmo frente a la vida. Todas las películas parecen haber sido ya vistas, todos los libros leídos y hasta los programas de la televisión se antojan repetidos.

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Lo anterior se apareja por la pérdida del sentimiento vivificante de la aventura. No hablemos de los imanes de los viajes hacia países lejanos, con sus puertos encantados bajo el sol o la niebla; hablemos, simplemente, de que ya no hay ganas para “embarcarse hacia el centro de Lima… a ver qué pasa…”

El problema es mayor cuando no se tiene ni hijos ni nietos. Se apodera del espíritu la sensación de que el tiempo se esfuma sin sentido y, sólo a veces, nos consuela la frase francesa: “el mejor tiempo es el que se pierde”.

Cual si esto fuera poco, en la tercera edad aparecen las enfermedades: es el tiempo en que se pagan, dolorosamente, los desmanes de los años juveniles.

A propósito de lo anterior, don Carlos Franco –padre de uno de los ideólogos de la Primera Fase– me decía… “en la vida hay tres edades: la niñez, la juventud y… se te ve muy bien”.

Podemos hablar incluso de una Cuarta Edad, que es propia de los pueblos y de los hombres longevos. Respecto a los primeros, existen al norte del Ecuador una zona donde la mayoría de los habitantes pasan de los cien años. Respecto a los segundos, viene a mi memoria el recuerdo de Goethe, quien empezó a escribir el “Fausto” a la increíble edad de 81 años, bajo el ardor de una tardía pasión amorosa.

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Para entretenerme en mis soledades, un amigo me regaló el otro día el último número de la revista “Ciencias Ocultas y Parapsicología”. Está dedicado, fundamentalmente, al Espiritismo.

Alegando que comprendían el breviario de un tal Allan Kardec, se explayan sus editores españoles en una larga cháchara plagada de lugares comunes.

Se afirma que hay un mundo de la materia, un mundo de los espíritus y un lazo, o periespíritu, de la naturales semimaterial. Fomenta, partiendo de este aserto que no prueba de modo alguno, las sesiones de espiritismo, mediante los “médiums”, o personas dotadas con el poder de comunicar a las personas vivas con los espíritus de los muertos.

Hasta donde yo sé la Parapsicología es respetable. En 1943 se fundó en Inglaterra la Sociedad Metampsíquica de Londres, por iniciativa de respetables psicólogos. Esta Sociedad archiva y estudia todos aquellos casos, o fenómenos extraños, que la ciencia no puede, por hoy, explicar mediante los métodos tradicionales. Dicha Sociedad sólo ha conseguido esclarecer un porcentaje de los casos seleccionados. Se trata, y esto es lo importante, de una entidad seria.

No sucede lo mismo con la revista mencionada, cuya falta de seriedad llega al colmo, cuando recomienda la práctica del espiritismo para las personas mayores de 50 años.

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