“El Mundial del 98” por Eduardo Galeano

En El fútbol, a sol y sombra (Siglo XXI Editores), Eduardo Galeano convierte al deporte rey en un creación literaria. Un libro escrito por un crack, cuya elaboración puede compararse –futbolísticamente– con haber alcanzado la inspiración de Zidane, precisión de Romario, pujanza de Inzaghi y potencia de Ronaldo. “Pocas veces se ha alcanzado estas alturas: una declaración de amor a la alegría, la imaginación y la belleza del deporte del fútbol”, como refiere Hans Jorgen, y, además, una jugada estructurada con las manos de quien, como muchos, no pudimos hacerlo con los pies. De este conjunto de relatos que rinden homenaje al fútbol, rescato, para utilidad de este post, el que hace referencia al Mundial de Francia 98′, el primero que disfrute con verdadera atención religiosa como hincha del fútbol y uno de los mejores que se hayan jugado.

Mascota Francia 98

La mascota, Footix, representa a un gallo. Por diseño, lo mejor que vi.

Texto:

El Mundial del 98

India y Pakistán realizaban el sueño de la bomba propia, queriendo meterse, como Perico por su casa, en el exclusivo club nuclear de las grandes potencias. Las bolsas de valores asiáticas yacían por los suelos, y en Indonesia se desplomaba la larga dictadura de Suharto, que perdía el poder pero no perdía los dieciséis mil millones de dólares que el poder le había otorgado.

El mundo se quedaba callado de Frank Sinatra, llamado La Voz. Once países europeos se ponían de acuerdo para lanzar a la circulación una moneda única, llamada Euro. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas.

Joao Havelange abandonaba el trono del fútbol mundial y en su lugar se instalaba el delfín, Joseph Blatter, cortesano mayor del reino. En Argentina, marchaba preso el general Videla, que veinte años antes había inaugurado junto con Havelange, en plena dictadura, un campeonato mundial de fútbol. En 1998, un nuevo campeonato empezaba en Francia.

A pesar de la huelga de Air Francia, que complicó bastante las cosas, treinta y dos selecciones acudieron al flamante estadio de Saint Denis, para disputar el último mundial del siglo: quince equipos de Europa, ocho de América, cinco del África, dos de Medio Oriente y dos del Asia.

Clamores de triunfo, susurros de velorio: al cabo de un mes de combates en estadios repletos, Francia, el locatario, y Brasil, el favorito, cruzaron espadas en la final. Brasil perdió 3 a 0. El croata Suker encabezó la tabla de goleadores del campeonato, con seis tantos, seguido de Batistuta, de Argentina, y Vieri, de Italia, ambos con cinco.

Según un estudio científico publicado, en esos días, por el DailyTelegraph de Londres, los hinchas segregan, durante los partidos, casi tanta testosterona como los jugadores. Pero hay que reconocer que también las empresas multinacionales transpiran la camisa como si fuera camiseta. Brasil no pudo ser pentacampeón. Adidas sí. Desde la Copa del 54, que Adidas ganó cuando ganó Alemania, ésta fue la quinta consagración de los seleccionados que representaban la marca de las tres barras. Adidas levantó, con Francia, el trofeo mundial de oro macizo; y conquistó, con Zinedine Zidane, el premio al mejor jugador. La empresa rival, Nike, tuvo que conformarse con el segundo y el cuarto lugar, que obtuvieron sus selecciones de Brasil y Holanda; y Ronaldo, la estrella de Nike, llegó enfermo al partido final. Una empresa menor, Lotto, dio el batacazo con la sorprendente Croacia, que nunca había participado en una Copa del Mundo y contra todo pronóstico entró tercera.

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Suker, Suker, Suker, Suker, ¡Suker!

Después, el césped de Saint Denis fue vendido en trocitos, como había ocurrido, en el Mundial anterior, con el estadio de Los Ángeles. El autor de este libro (Eduardo Galeano) no vende panes de césped, pero quisiera ofrecer, gratis, algunos pedacitos de fútbol que también tienen algo que ver con este campeonato.

Estrellas

Los jugadores de fútbol más famosos son productos que venden productos. En tiempos de Pelé, el jugador jugaba; y eso era todo, o casi todo. En tiempos de Maradona, ya en pleno auge de la televisión y de la publicidad masiva, las cosas habían cambiado. Maradona cobró mucho, y mucho pagó: cobró con las piernas, pagó con el alma.

A los catorce años, Ronaldo era un mulato pobre de los arrabales de Río de Janeiro, que tenía dientes de conejo y piernas de gran goleador, pero no podía jugar en el club Flamengo porque el dinero no le daba para pagar el ómnibus. A los veintidós años, Ronaldo ya facturaba mil dólares por hora, incluyendo las horas que dormía. Abrumado por el fervor popular y la presión dineril, obligado a brillar siempre y a ganar siempre, Ronaldo sufrió una crisis nerviosa, con violentas convulsiones, horas antes de la definición del Mundial 98. Dicen que Nike le metió a prepo en el partido contra Francia. El hecho es que jugó pero no jugó; y no pudo exhibir como debía las virtudes del nuevo modelo de botines, el R-9, que Nike estaba lanzando al mercado por medio de sus pies.

Precios

Al fin del siglo, los periodistas especializados hablan cada vez menos de las habilidades de los jugadores y cada vez más de sus cotizaciones. Los dirigentes, los empresarios, los contratistas y demás cortadores del bacalao ocupan un espacio creciente en las crónicas futboleras. Hasta hace algunos años, los pases se referían al viaje de la pelota de un jugador a otro; ahora, los pases aluden más bien al viaje del jugador de uno a otro club o de un país a otro. ¿Cuánto están rindiendo los famosos en relación a la inversión? Los especialistas nos bombardean con el vocabulario de los tiempos: oferta, compra, opción de compra, venta, cesión en préstamo, valorización, desvalorización. En el Mundial 98, las pantallas de televisión universal fueron invadidas y copadas por la emoción colectiva, la más colectiva de las emociones; pero también fueron vidrieras de exhibición mercantil. Hubo alzas y caídas en la bolsa de piernas.

Y2K

Contexto: El 98, cerca al 2000, despertó una especie de catástrofe informática: “Un error informático por un detalle técnico que hubiese podido colapsar millones de equipos; nada de esto sucedió” La Nación (ARG).

Pie de obra

Joseph Blatter, nuevo monarca del fútbol, concedió una entrevista a la revista brasileña Placar a fines del 95, cuando todavía era el brazo derecho de Havelange. El periodista le preguntó su opinión sobre el sindicato internacional de jugadores, que estaba formando:

– La FIFA no habla con jugadores –respondió Blatter–. Los jugadores son empleados de los clubes.

Mientras este burócrata emitía su desprecio, ocurría una buena noticia para los atletas y para todos los que creemos en la libertad de trabajo y en los derechos humanos. La Suprema Corte de Luxemburgo, la más alta autoridad jurídica de Europa, se pronunció a favor de la demanda del futbolista belga Jean-Marc Bosman, y en su sentencia estableció que los jugadores europeos han de quedar libres, una vez vencidos los contratos que los ligan a los clubes.

Posteriormente, la llamada ley Pelé, promulgada en Brasil, fue también un paso importante hacia la quiebra de los lazos de servidumbre feudal: en muchos países, los jugadores integran el patrimonio de los clubes, que en la mayoría de los casos son empresas disfrazadas de “entidades sin fines de lucro”.

En vísperas del Mundial 98, el director técnico Pacho Maturana opinó:

– A los jugadores nadie los tiene en cuenta.

Y esa sigue siendo una verdad grande como una casa y vasta como el mundo, aunque se esté conquistando, por fin, la libertad de contratación. Cuanto más alto es el nivel profesional del fútbol, más abundan los deberes de los jugadores, siempre más numerosos que sus derechos: la aceptación de las decisiones ajenas, la disciplina militar, los entrenamientos extenuantes, los viajes incesantes, los partidos que se juegan un día sí y otro también, la obligación de rendir cada vez más…

Cuando Winston Churchill llegó, tan campante, a los noventa años de edad, un periodista le preguntó cuál era el secreto de su buena salud. Churchill respondió:

– El deporte. Jamás lo practiqué.

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En el mundo actual, todo lo que se mueve y todo lo que está quieto transmite algún mensaje comercial. Cada jugador de fútbol es una cartelera en movimiento, pero la FIFA no permite que los jugadores porten mensajes de solidaridad social. Tamaño disparate está expresamente prohibido. Julio Grondona, presidente del fútbol argentino, lo recordó y lo hizo recordar en 1997, cuando algunos jugadores quisieron expresar en la cancha su apoyo a las reivindicaciones de los maestros y profesores, que ganan sueldos de ayuno perpetuo. Poco antes, la FIFA castigó con una multa al jugador inglés Robbie Fowler, por el delito de inscribir en su camiseta una frase de adhesión a la huelga de los obreros de los puertos.

Orígenes

Muchas de las más altas estrellas del fútbol han padecido el racismo, por ser negros o mulatos: en la cancha, han encontrado una alternativa al crimen, al que habían nacido condenados por promedio estadístico, y así han podido elevarse a la categoría de símbolos de la ilusión colectiva.

Una encuesta reciente, realizada en Brasil, muestra que dos de cada tres jugadores profesionales no han terminado la escuela primaria. Muchos de ellos, la mitad, tienen piel negra o mulata. A pesar de la invasión de la clase media, que en estos últimos años se advierte en las canchas, la realidad actual del fútbol brasileño no está lejos de los tiempos de Pelé, que en su infancia robada maní en la estación del tren.

Africanos

Njanka, jugador de Camerún, arrancó de atrás, dejó por el camino a toda la población de Austria y clavó el golazo más lindo del mundial 98 (ver video). Pero Camerún no llegó lejos.

Cuando Nigeria derrotó, con su fútbol divertido, a la selección española, que después empató con Paraguay, el presidente de España, José María Aznar, comentó que “hasta un nigeriano o un paraguayo pueden ponerte en tu lugar”. Después, cuando Nigeria se fue de Francia, un comentarista argentino sentenció:

– Son todos albañiles, ninguno usa la cabeza para pensar.

La FIFA, que otorga los premios fair play, no jugó limpio con Nigeria: le impidió ser cabeza de serie, aunque el fútbol nigeriano venía de conquistar el trofeo olímpico.

Las selecciones del África negra se fueron temprano del campeonato mundial, pero muchos jugadores africanos o nietos de africanos deslumbraron en Holanda, Francia, Brasil y otros equipos. Hubo locutores y comentaristas que los llamaban negritos, aunque nunca llamaron blanquitos a los demás.

Fervores

En abril del 97, cayeron acribillados los guerrilleros que ocupaban  la embajada de Japón en la ciudad de Lima. Cuando los comandos interrumpieron, y en un relámpago ejecutaron su espectacular carnicería, los guerrilleros estaban jugando fútbol. El jefe, Néstor Cerpa Cartolini, murió vistiendo los colores del Alianza, el club de sus amores.

Pocas cosas ocurren, en América Latina, que no tengan alguna relación, directa o indirecta, con el fútbol. Fiesta compartida o compartido naufragio, el fútbol ocupa un lugar importante en la realidad latinoamericana, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente.

Latinoamericanos

México jugó lindo en el Mundial 98. Paraguay y Chile fueron huesos duros de roer. Colombia y Jamaica dieron lo que podían. Brasil y Argentina dieron bastante menos de lo que podían, maniatados por un sistema de juego más bien amarrete en alegría y en fantasía. En el equipo argentino, la alegría y la fantasía corrieron por cuenta de Ortega, maestro de la cabriola y el firulete, que no es tan bueno, en cambio, como actor de cine, cuando  le da por revolcarse por los suelos.

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Sa-Za.

Holandeses

De los equipos latinoamericanos, la verdad sea dicha, el que más me gustó fue Holanda. La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen toque y pases cortos, gozador de la pelota. Este estilo se debió, en gran medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del Sur: descendientes de esclavos, nacidos en Surinam.

No había negros entre los diez mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda, pero en la cancha sí que los había. Fue una fiesta verlos: Kluivert, Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde, Davids, Davids, motor del equipo, juega y crea juego: mete pierna y mete líos, porque no acepta que los futbolistas negros [lo siento, no sé qué sigue, compré un libro pirata].

Franceses

Fueron inmigrantes, o hijos de inmigrantes, casi todos los jugadores que vistieron la camiseta azul y cantaron La Marsellesa antes de cada partido. Thuram, elevado a la categoría de héroe nacional por dos golazos, Henry, Desailly, Viera y Karembeu venían del África, de las islas del mar Caribe o de Nueva Caledonia. Los demás provenían, en su mayoría, de familias vascas, armenias o argentinas.

Zidane, el más aclamado, es hijo de argelinos. Zidane presidente, escribieron manos anónimas, el día de la celebración, en el frontón del Arco del Triunfo. ¿Presidente? Hay muchos árabes, o hijos de árabes, en Francia, pero ni uno solo es diputado. Y ministro, ni hablar.

Una encuesta, publicada durante el Mundial, confirmó que cuatro de cada diez franceses tienen prejuicios racistas. El doble discurso del racismo permite ovacionar a los héroes y maldecir a los demás. El trofeo mundial fue festejado por una multitud solo comparable a la que desbordó las calles, hace más de medio siglo, cuando llegó a su fin la ocupación alemana.

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Beckham sabe. Cambio de camisetas luego del Colombia – Inglaterra.

Peces

En 1997, un aviso de televisión de Fox Sports exhortaba a mirar fútbol, prometiendo: “Sea testigo de cómo el pez grande se come al pez chico”. Era una invitación al aburrimiento. Afortunadamente, en el Mundial 98, en más de una ocasión el pez chico se comió al pez grande, con espinas y todo. Eso es lo bueno que tienen, a veces, el fútbol y la vida.

Imágenes: Internet.

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