Simón Bolívar y Ricardo Palma por Augusto Tamayo Vargas

El 24 de julio de 1783, “en un caserón de nobles criollos caraqueños de ascendencia vasca”, vino al mundo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad… Doscientos años después, en 1983, Caretas, la tradicional revista limeña, publicó un homenaje al libertador venezolano, dentro del cual se encuentra el siguiente texto de Augusto Tamayo Vargas, polifacético hombre de Letras, en el cual analiza a Bolívar según los escritos de don Ricardo Palma.

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Augusto Tamayo Vargas (1914-1992).

BOLÍVAR Y RICARDO PALMA

Por AUGUSTO TAMAYO VARGAS

Augusto Tamayo Vargas, presidente de la Sociedad Bolivariana y también de la Academia de la Lengua, hace un recuento de la presencia del Libertador en los celebrados escritos del tradicionista Ricardo Palma. Tamayo Vargas descubre para los lectores de CARETAS la admiración que, a pesar de algunos ácidos escritos, el talento y la pluma del tradicionista, se rinden frente a la magnitud histórica de las gestas realizadas por el genio cuyo bicentenario es recordado con gratitud por América entera.

Cuando suena el “Clarín de Canterac” estamos en la Pampa de Junín. Con dos brochazos se pasa de la derrota a la victoria de los patriotas, con la figura central de Necochea y de los “Húsares del Perú”, rebautizados con el nombre de “Húsares de Junín”. En cuanto al hombre del clarín –un realista– terminó de sacerdote en vez de ser fusilado, cuando fuera hecho prisionero al final de ese rápido combate de arma blanca que cantara Olmedo en su tan repetida Oda onomatopéyica. Al fondo del cuadro ya está Bolívar.

A pesar de que Palma no guarda por Bolívar la profunda simpatía que le despiertan San Martín y otras figuras, la admiración por el héroe cede a cada paso a cualquier resistencia. Esta era debida a la posición liberal de Palma que, al igual que en otros países bolivarianos, se enfrentó a lo que se consideraba el cesarismo del Libertador. En el Perú, los liberales estuvieron unidos a los conservadores centralistas limeños que vieron en Bolívar al destructor de la corriente monárquica y de los intereses locales; así como podemos decir que los “señores” de provincias, los conservadores del Sur, por ejemplo, que tenían una abierta posición republicana y federalista, se tornaron mucho más empecinadamente bolivarianos que los hombres del centro. Habría que leer los dos artículos de Luis Ulloa, comentado la Historia del Perú Independiente de Nemesio Vargas, en los que se afirma que en el Perú no hubo aversión a Bolívar, sino por el contrario simpatía y devoción en las clases populares, y la oposición sólo en los retrógrados y en los caudillos a quienes hacía sombra la figura del Libertador. La sentencia contra Berindoaga –motivo de ataque de muchos– fue firmada por Unanue. La formación de Bolivia era ajena entonces al Perú, pues pertenecía la región del Alto Perú al Virreinato de Buenos Aires; y más bien, cuando se busca la Confederación –diez años después– el grupo centralista se opone a ella en nombre de un nacionalismo curioso, frente a un Santa Cruz, héroe y mariscal peruano. La Constitución Vitalicia de Bolívar fue un medio de establecer un orden frente a la anarquía que se desbordaba y que se desbordó. Todo esto se desprende de la crítica analizadora de la política peruana de Luis Ulloa en los artículos publicados en Ilustración Peruana de 1912.

Y volvamos a Palma. “La justicia de Bolívar” nos lo presenta en Ancash, en la ciudad de Carás, de tono blanco contra los nevados de la cordillera. Al final, la “goda” señora de Munar, a quien Bolívar reconoció el derecho  de salvaguardar su honra exclamará: “¡Viva el Libertador! ¡Viva la Patria!”… Todo ese momento de recuperación patriota, de la que es símbolo el grito anterior, se exhibe en el “Origen de una industria”, con la captación para el Perú del sector de Maynas, desde Moyobamba; hasta culminar en la batalla de Junín, cuyo episodio está vinculado a un “clarín”, como en el poema de Olmedo: “Y el clarín de victoria/que en ecos mil discurre ensordeciendo/el hondo valle y la enriscada cumbre/proclaman a Bolívar en la tierra/árbitro de la paz y de la guerra”… Hay dos tradiciones significativas sobre Bolívar: una “Bolívar y el Cronista Calancha”, donde lo vemos en ese trance de su personalidad intelectual cuando saca luces de los textos literarios o históricos aún para remover a un funcionarios; y la otra, “La última frase de Bolívar” –escrita ya en la plácida senectud de Palma– con el final en Santa Marta del Libertador, quien susurra murmurante: “Acérquese usted, doctor… se lo diré al oído… Los tres grandes majaderos hemos sido, Jesucristo, Don Quijote y yo”.

El sentimiento de admiración por Bolívar no se empequeñece por aquel afán de mostrarlo mujeriego o enamoradizo. Por ejemplo, en “la vieja de Bolívar”, con la Manolita Madroño, a quien conoció el tradicionista de oídas. Vivía por 1898 en Huaylas. “¿Cómo está la vieja de Bolívar?” –le preguntaba la gente. Y ella respondía con picardía: “como cuando era moza”… Palma lo cuenta entre sus últimas tradiciones. Y a renglón seguido vendrá el consabido cuento de “Las tres etcéteras de Bolívar”, que tiene tanto sabor de narración siglo XIX con mezcla de antigua leyenda del XVII, a lo Rodríguez Freile, el de “El Carnero”, de Santa Fe de Bogotá. Sólo que en Palma es entusiasmo por el qué del término, por la sutileza del lenguaje, por explicarse qué quería decir “etcétera”. El sentimiento amoroso que despertaba Bolívar o que él se encargaba de despertar, se ratifica en aquella carta de Manuelita Sáenz, que Palma convierte en otra tradición concatenada con las dos anteriores: “La carta de la Libertadora”, donde también asoman los dos bandos opuestos a Bolívar, los que rezan “nos diste a Bolívar/gloria a ti, gran Dios”… y los que cantan la copla liberal de 1827: “Bolívar fundió a los godos/ y desde ese infausto día por un tirano que había/se hicieron tiranos todos”… En la “carta” a su esposo, Manuelita Sáenz dirá: “¿Y usted cree que yo, después de ser la predilecta de Bolívar, y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer de otro; ni del Padre, ni del Hijo, ni del Espíritu Santo, o sea la Santísima Trinidad?”… “a mí miserable mortal”, que me río de mí misma, de usted y de todas las seriedades inglesas, no me cuadra vivir sobre la tierra condenada a Inglaterra perpetua”…

Pasando todo aquello que es episódico –aunque sabroso– queda como la tradición bolivariana por excelencia: “Pan, Queso y Raspadura”, con la presencia de Sucre y Córdova, por sobre todas las otras figuras. Estará allí también la entrevista de La Mar y Sucre, la víspera de la batalla; el paso de las fuerzas del general Trinidad Morán en Corpahuaico; la proclama del general Lara –famoso por sus palabrotas: “zambos del …ajo”, etc. y toda la batalla misma, con su grandeza, nacida de un santo y seña que es una naturaleza muerta o una oda elemental: pan, queso y raspadura de chancaca. “Conténtese con mis pobrezas –diría Sucre a sus oficiales– que para festines tiempo queda si Dios nos da mañana la victoria y una bala no nos corta el resuello”… Al día siguiente “a la caída del sol, Canterac firmaba la capitulación de Ayacucho” – señala Palma, quien inserta, a continuación, la carta que desde allí enviara el mismo general español a Bolívar, felicitándolo por “haber terminado su empresa en el Perú, con la jornada de Ayacucho”.

Caretas 1983

El autor de la nota en la casa paiteña donde muriera “La Libertadora”. (Foto y leyenda: Caretas).

La extensión del nombre de Bolívar a la libertad de todo el mundo hispanoamericano se vislumbra a través de la carta que le remite el dictador Francia del Paraguay en una tradición de poco carácter titulada: “Entre Libertador y dictador”. Y concluiremos este zurcir de narraciones con aquel cuento de “La fiesta de San Simón Garabatillo”, escrita en 1871 y que aparece en la primera serie de Las Tradiciones Peruanas. En el pueblo de Lampa, del departamento de Puno, no había más persona que recordara al Libertador que el maestro de escuela. De suyo bonachón, un buen día dio soberana paliza a sus discípulos. Asombrados éstos, al día siguiente, porque el maestro había vuelto a ser el de antes, se preguntaban la causa de su mudanza. Y él explicó que el 28 de octubre –la víspera– era día de San Simón Garabatillo, el santo del Libertador, y que quería que se acordaran toda su vida de esa fecha singular. Esto, a punta no de látigo sino de palabra, sirva de colofón para “refrescar la memoria”. Decía Palma: “Ahora a estudiar la lección y ¡viva la Patria!”.

Foto de portada: Casa de la Literatura.

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