Luis Alberto Sánchez y Jorge Basadre escriben sobre los ‘7 ensayos’ de Mariátegui

Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana de José Carlos Mariátegui (JCM) está, sin dudas, entre los libros que marcaron el siglo XX en el Perú. Libro fundamental que, al cumplir 50 años de publicada su primera edición (Biblioteca Amauta, Lima, 1928), mereció dos apropiados análisis, de Jorge Basadre y de Luis Alberto Sánchez (LAS), que aparecieron en la revista Caretas en 1978. A continuación se transcriben ambos escritos que combinan la admiración y, por ratos, la crítica, actitudes que deben considerarse en su contexto histórico, sobre todo en el caso de LAS. Recuérdese que, como escribió Jorge Puccinelli, “el tono de modernidad de LAS fluye del contenido y de la forma, de su estilo y del planteamiento de la problemática literaria de nuestro tiempo, de haber abordado sin temor, y muchas veces con espíritu polémico, a sus contemporáneos y coetáneos, suscitando debates cuyo proceso dialéctico ha resultado, a la postre, esclarecedor de tendencias individuales y de orientaciones generacionales”**. Siete ensayos, según la advertencia que coloca el mismo Mariátegui en ese libro, no se trata de un “libro orgánico”. “Mejor así. Mi trabajo se desenvuelve según el querer de Nietzsche, que no amaba al autor contraído a la producción intencional, deliberada, de un libro, sino a aquél cuyos pensamientos formaba un libro espontánea e inadvertidamente”, refiere JCM.

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Imagen: Caretas (1978).

[Texto]

MARIÁTEGUI

En el cincuentenario de los 7 ensayos

Aunque muchos no lo recuerden, 1978 marca el quincuagésimo aniversario de la primera edición de “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, testimonio fundador de una perspectiva que permitió un inventario fundamental y un apasionado diagnóstico de nuestros problemas. A continuación dos textos exclusivamente preparados para CARETAS por Jorge Basadre y Luis Alberto Sánchez.

JORGE BASADRE

Surge el asombro cuando nos dicen que los 7 Ensayos cumplen cincuenta años. “Para verme con los muertos/ya no voy al camposanto./Busco plazas, no desiertos”, escribió González Prada. Hay muchos seres y hay muchas obras difuntos por ahí caminando. Pero los 7 Ensayos no han envejecido. Su vigencia es ahora mayor que en 1928.

En este país, donde tantas veces se han hecho tentativas de canonización de la secundariedad, vale la pena señalar un caso tan insólito.

Recordemos, una vez más, hermanos periodistas, que los 7 Ensayos nacieron de una serie de artículos aparecidos en hojas revisteriles. El idioma típico de nuestro tiempo es, precisamente, más o menos (periodístico) hasta con eventuales influencias del despacho cablegráfico y del comunicado de guerra. Insistimos en que hubo una edad de oro en los diarios de Lima en determinadas etapas del siglo XX; y en que, durante ella, nacieron los cuentos, los poemas, las prosas líricas de Valdelomar y también las páginas de Mariátegui abriendo estos anchos caminos que otros no habían transitado, poniendo por encima del Dato, el Concepto, en un idioma como el que habla la gente cotidianamente, con la accesibilidad del gran conservador; y la intrepidez del pensador original.

Las más bellas y más hondas cosas de la tierra han sido hechas a pesar de alguna o de algunas fuerzas restrictivas. Excesivas facilidades personales, sociales o de análogo carácter ejercen siempre influencias negativas: desvían, truncan, enredan. Mariátegui escribió diariamente bajo el yugo feroz de su profesión, sin que le perturbasen los convencionalismos de ella, muy adentro y muy encima de lo medular en su época y consciente también de que en cualquier encrucijada asechaba la muerte.

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Imagen: Caretas (1978).

Cumplió puntualmente, sencillamente, su magno trabajo sin eclipse de lucidez o sombra de fatiga. En él estuvo muy lejos de hacerse realidad el siniestro augurio de que nuestro tiempo no ofrece al verdadero escritor la calma necesaria para que madure su producción. Otros, en alguna manera parecidos a él en la denuncia, se dejaron conducir, aunque fuese transitoriamente, por sótanos mal alumbrados. Él supo que, en la obra intelectual, lejos de la claridad, no hay salvación; y que el verdadero gran escritor necesita una dosis de frialdad en su prosa sin que ello contradiga a Stendhal cuando afirmó que para ser un hombre superior no basta una cabeza lógica sino es necesario, al mismo tiempo, un temperamento fogoso.

Decía el gran crítico inglés contemporáneo Cyril Connolly que todo autor anheloso de la permanencia de su aporte, necesita vencer las tentaciones de la fertilidad pasajera y buscar el modo de concentrarse en la Gran Obra. Sin desmedro de todo lo demás que Mariátegui escribió (y que debe ser reunido en volúmenes, incluyendo la producción juvenil), él planteó, ejecutó y concluyó su Gran Obra, en la medida plena en que los elementos a su alcance lo permitieron y arriesgando múltiples sacrificios frente a su público inmediato; y así supo reunir coherentemente sus estrictos análisis y sus vastas síntesis.

Terminemos estas palabras devotas que, por cierto, no son las únicas que han llevado nuestra ofrenda a Mariátegui. Veamos más allá de 1928, hoy convertido en año conmemorativo, más allá de 1930, fecha de aquel fallecimiento tan lamentado. ¿Qué hubiera pensado o escrito José Carlos frente a los sucesos de 1953 en Berlín, a los de 1956, en Hungría, a los de Checoslovaquia en 1968? ¿Cuál habría sido su actitud ante los disidentes soviéticos? Él, tan ligado, por múltiples razones a la cultura italiana, ¿cómo hubiese reaccionado ante la revista Societá que el PCI de aquel país, auspició sólo entre 1957 y 1962 y ante figuras como Lucio Colletti, Galvano Della Volpe, Giulio Pietranera?

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Imagen: Caretas (1978).

LUIS ALBERTO SÁNCHEZ

Se ha cumplido medio siglo de la aparición de varios libros fundamentales para el estudio integral del Perú. En 1927, Por la emancipación de América Latina de Haya de la Torre y Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel; en 1928, Siete Ensayos de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui; El antimperialismo y el Apra de Haya de la Torre (concluido el 23 de  mayo de 1928 en México, e impreso sólo en 1935, en Chile); La literatura peruana tomo I de Sánchez (en que se incluye por primera vez la literatura aborigen) y en otro aspecto La Casa de cartón de Martín Adán. Cada uno de ellos tiene un valor específico ratificado por el tiempo, aparte del valor de conjunto que las mencionadas obras poseen como punto de vista de una generación sobre los problemas de la necesidad, la pasión y la expresión de los peruanos. Las tomas de posición, individualista o colectivista, americanista o euroecuménica,  a favor o contra la revolución rusa, a favor o contra la renovación total de la sociedad peruana (aun en el caso aparentemente singular de Martín Adán) constituyen un aporte indiscutible a la nueva cultura en el Perú. En ellas se abordan temas sobre el indio, la tierra como problema y la economía como motivación predominante. Hablar de marxismo a través de las obras mencionadas sería un tanto inconsistente sobre todo si por marxismo se entiende la transfusión literal del determinismo histórico, antidialéctico y fatalista. Todo aquello refleja algo característico de aquel tiempo: la emoción social.

El primer trabajo de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (Lima 1928) “El proceso de la tierra”, empezó a publicarse en la revista Mundial en abril de 1927, como prolongación del debate sostenido en enero-marzo del mismo año entre Mariátegui y yo a propósito del indigenismo literario. El texto total de ese debate ha aparecido por primera vez en el volumen La polémica del indigenismo, recopilada por Manuel Aquézolo y editada por “Mosca Azul” (Lima 1975). En ese ensayo figura una nota referente a Haya de la Torre, quien, según Mariátegui coincidía con sus planteamientos, en uno de los capítulos  de Por la emancipación de América Latina, Bs. As. 1927.

En realidad, el hecho cronológico aparece ahí distorsionado: el contenido de Por la emancipación de América Latina había sido publicado, en varias revistas americanas a las cuales también Mariátegui enviaba colaboración. El trabajo a que se refiere Mariátegui en la mencionada nota de Siete ensayos, es un discurso de Haya al inaugurar la Universidad Popular José Martí de La Habana, acto presidido por Haya y por Julio Antonio Mella.

La otra fuente de esa nota es la carta de Haya al profesor Julio Barcos sobre la situación del indio, publicada en Buenos Aires en 1925. La coincidencia entre Haya y Mariátegui con respecto a ese problema es cabal. En esos días oí constantemente a Mariátegui destacar su total identificación ideológica con Haya. El divorcio se inició precisamente entonces y queda expresado en el Nº. 17 de Amauta correspondiente a setiembre de 1928: me refiero al problema de la tierra y el indio.

Entre los 7 ensayos de Mariátegui y los trabajos sociológicos de la generación anterior (Deustua, Prado, Villarán, Riva Agüero, Belaunde, Ibérico, Zulem) la diferencia está en el tono y el objetivo; no en el propósito.

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José Carlos Mariátegui La Chira (Foto: Internet).

Los 7 ensayos recapitulan toda una etapa, la anterior a setiembre de 1928: no son la iniciación sino el remate de una campaña; conviene recordarlo.

Se argüirá  que el acento puesto en la cultura indígena contradiría lo dicho anteriormente. Sería útil recordar que el indianismo de los románticos de mediados del siglo anterior, no fue emanación del paisaje y el hombre americanos sino de la curiosidad europea en busca de “le pittoresque”: la ejemplificación sería inagotable por lo que la omito. Ese mismo origen europeo, se halla en el indigenismo de nuestros años veinte. La reivindicación de los elementos nativos, populares, de las nacionalidades complementarias, caracteriza el movimiento cultural de Rusia y los Balkanes hacia los años veinte. Mariátegui hizo traducir y editar Kira Kiraldina de Panait Istrati.

La gran contradicción de los Siete ensayos fue, en parte, ese volcamiento hacia el europeísmo en que sumerge los problemas nacionales. El estilo de Mariátegui, cortado, afirmativo, remachante, aforístico, da brillo a la exposición. Quien lee sin previa documentación los Siete ensayos se ve obligado a aceptarlo todo o no aceptar nada. Mariátegui no titubeada formalmente. Todo está demostrado de suyo. De las conclusiones de Deustua y Villarán sobre nuestro régimen pedagógico extrae Mariátegui sus propias conclusiones: no es bastante. Sobre la fisonomía regional de nuestro país cuya variedad conoció Mariátegui solo a través de lecturas y relatos, (sin haberlo podido comprobar) produce un cuadro impresionante, lleno de sugestiones creativas pero no exacto.

He leído unas tres veces los Siete ensayos, y cada vez me ha seducido más; el estilo brillante, galaico (“malgrado”, “sedicente”, “constatar”) de José Carlos, es realmente seductor. Su elegancia, su ingenua capacidad de síntesis, refleja una seguridad que en realidad no existe.

Hay evidente contradicción entre el afán objetivista o el tono contenido subjetivo de la obra. Escrita entre 1927 y comienzos del 28, cuando el fenómeno imperialista no aparecía tan nítido en las páginas de Mariátegui en tanto que constituía el nervio de las páginas de Haya. El antimperialismo combativo de éste será en Mariátegui la prédica de la revolución mundial, muy semejante a la revolución permanente que predicaba Trotski. Su desdén por la democracia, entroncará tanto con Lenin y Mussolini como con Sorel, su gran maestro, punto en el que tampoco coincide con Haya.

Tomar como base de un proceso a la educación los trabajos de Deustua y Villarán y la situación reinante en mil novecientos veintisiete, año de reacción civilista contra la Reforma Universitaria, en la que Mariátegui participó como auspiciador publicitario desde las páginas de La Razón, envuelve una interpretación subjetiva de un fenómeno merecedor de un estudio profundo, documentado y objetivo.

El método marxista, fundado en la dialéctica y en el materialismo histórico, o sea en el determinismo dialéctico es un método que Mariátegui declara seguir pero que en realidad no sigue: él era un artista y un místico por encima de todo. La extraña combinación de patrones valorativos para juzgar la evolución de nuestras letras escapa a todo conato de enjuiciamiento marxista. El natural y merecido elogio a Valdelomar y Spelucín, César A. Rodríguez; la utilización de los textos de Haya sobre Prada y Palma (publicado en el Nº 4 de Amauta), el ataque implacable a Chocano a quien el propio Mariátegui rindiera pleitesía (hasta la tarde del asesinato de Elmore), todo eso acusa un subjetivismo cabalgante y, además un conocimiento limitado de nuestras letras, como el propio Mariátegui diría poco después en una nota crítica al primer tomo de Literatura peruana publicada en Mundial, poco después de Siete Ensayos. La literatura aborigen, que habría estado allí en su lugar, no aparece, no obstante los materiales conceptuales exhibidos en nuestra polémica un año antes.

Siete ensayos suscitó renovado interés por los grandes problemas nacionales y, en cierto modo, contribuyó a reordenarlos, destacarlos y ponerlos en debate. El sector conservatista moderno con firmeza y erudición, aunque sin la gracia contagiosa de Mariátegui, respondió con La realidad nacional de Víctor Andrés Belaúnde. Mariátegui tuvo la fortuna de que, al morir año y medio después de la aparición de Siete ensayos y al fundarse el Partido comunista treinta y cuatro días después de su muerte, se extinguió una potencial fuente de ataques contra él, a quien el fanático comunista Codovila había calificado de pensador pequeño burgués. Al insurgir el Apra, el sector comunista convirtió a Mariátegui en razón de su entonces reciente divorcio con el Apra, en uno de sus baluartes ideológicos, más por el anti que por el pro. Nada de esto, que generalmente se calla, atenta contra los méritos esenciales de Siete ensayos: libro de síntesis intuitiva admirable, escrito con vivacidad y brillo extraordinario; irónico, dogmático, elegante, penetrante y suscitador de muchas inquietudes y puntos de arranque hasta ahora en pie. Libro dogmático en su expresión y hereje en su contenido; absolutamente revolvedor de conciencias; nada nuevo en sus fuentes y materiales, pero audaz y renovador en sus proyecciones, hasta el punto de que hace falta un octavo ensayo que analice, destile y apunte hacia un blanco más concreto la metralla ideológica  de Mariátegui, discípulo contradictorio de Sorel, Trotski, D’Annunzio, Croce, Labriola y también Lenin y Marx.

Pie de post:

**Cita extraída del Libro de homenaje a Luis Alberto Sánchez en sus 40 años de docencia universitaria, imprenta de la UNMSM, Lima, 1967, página 387.

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