‘Flor Pucarina: la muliza ardiente’, por César Lévano

Pocos días después del entierro de Flor Pucarina (Leonor Chávez Rojas, 1935-1987), entrañada cantante y compositora de “huainos, mulizas y huaylarsh”, el periodista César Lévano escribió este sentido texto sobre la también conocida como “La faraona del cantar huanca”, que se publicó en la revista Caretas, el 12 de octubre de 1987. Su voz, sus interpretaciones, sus canciones, sus ritmos… son, como escribe Lévano, “puro sentimiento”, que rebotan en el corazón de quienes, cerca de 30 años después de su muerte, recurren a ella para retornar, aunque sea en espíritu, al Valle del Mantaro.

Flor Pucarina 1

Foto: Caretas. Leyenda de la imagen de la izquierda: Una multitud que creció a lo largo de diez horas, acompañó el entierro de la artista.

Texto:

La muliza ardiente

El sentido final de Flor Pucarina, cantante y compositora huanca.

ESCRIBE: CÉSAR LÉVANO

A los 12 años de edad, Leonor Chávez fugó de su hogar. Se fue a la selva del centro por unas semanas. Luego se escapó al Callao, donde trabajó como doméstica en una casa de familia. A los 15 años se independizó, se mudó a El Porvenir y empezó a trabajar como lavandera. En la nocturna del “Mercedes Cabello” estudió dos años de secundaria. Conoció el amor y los infortunios del amor, y a veces aquietó con cerveza las zozobras del corazón.

Era guapa, alta, erguida. Su voz dulce y poderosa empezó de pronto a arrancar lágrimas y guapidos en el Coliseo Nacional, en La Victoria, en los años 60. Por entonces, en círculos huancas se decía ya lo que en estos días repitieron miles de personas, en su entierro o en casas de familias: “era puro sentimiento”.

Leonor Chávez Rojas, Flor Pucarina, nos dijo alguna vez: “Mi infancia fue muy triste. En casa, no me trataban bien, quizá porque era mujer”. El miércoles último, día de su entierro, doña Alejandrina Rojas, la madre, explicó que Leonor se había venido a Lima a trabajar para poder comprar sus cuadernos. Sea como fuere, allí, en su pueblito de Pucará, en el valle del Mantaro, ella ya había empezado a cantar en fiestas de la escuela fiscal en que estudiaba.

Se diría que la historia se repite, que siempre es así entre los cantores populares: Edith Piaf “el gorrión de las calles de París”, cantando pequeñita por las calles al lado de su padre borracho saltimbanqui; Gardel, ensayando vidalas mientras la madre plancha ropa ajena. Lo hermoso es el final: el canto bello.

Después de triunfar en los coliseos con sus huainos, mulizas y huaylarsh, “Flor Pucarina” llegó a marchar en gira artística a Chile, Bolivia, Colombia y Ecuador. La conocían ya como “La faraona del cantar huanca”.

Flor Pucarina 2

Foto: Caretas.

El 22 de setiembre último había cumplido 52 años de edad. Estaba gravemente enferma de los riñones y requería un trasplante de ese órgano.

El arte es una carrera de relevos. Rosita Salas, la folklorista huanca (programa diario en Radio Agricultura de 2 a 3 pm.), recuerda que Leonor apareció entre los artistas el día que enterraron a su hermana Luzmila, del dúo Las Alondras. Ella había muerto cantando y danzando en el Coliseo Nacional. Fue en mayo de 1962 (escribí en CARETAS una nota titulada “Una canción le quebró las alas”).

“Hasta esa época, siempre habíamos visto a Flor como una admiradora, una chica que estaba en los primeros asientos del coliseo. Al poco tiempo apareció como artista”.

Su primer seudónimo fue La Gaviotita. En esa época la conocimos de cerca, en el Coliseo Nacional y en el Sindicato de Artistas Folklóricos que frecuentábamos con Pablo Casas, Manuel Acosta Ojeda, César Villanueva y otros amigos de lo propio. Ya para entonces nos admiraban su alegría, su orgullo y, también, su tristeza. Pero la valiente gaviota había alzado vuelo.

En el entierro, Olga y Esmila Zevallos cantaron algunos de los temas con que Flor estremeció a la gente, en coliseos, teatros o discos: “Falsía”, “Sola, siempre sola” *[incluida al final del post]*, temas que junto con otros, la multitud cantó y bailó durante diez horas a pie, por las calles. Cuando la enterraron se sintió que su canto, gaviota vibrante, agitaba las alas en el aire.

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