‘Notas inéditas sobre César Vallejo’ por Luis Alberto Sánchez

Contadas veces han descrito a César Vallejo con la exactitud humana con la que lo perfila, en este texto, Luis Alberto Sánchez (LAS). “Vallejo era un joven de 26 años, enjuto, de tez olivácea. Usaba un sombrero de paño plomo (…), bajo el cual alentaba la cabezota hirviente del poeta y una frente abombada, alta y ancha, y unos cabellos negros, duros y espesos (…)”. Entre otros caracteres, LAS escribe, con detalles ilustrativos, aspectos y vivencias que permiten definir e imaginar (tarea arriesgada) al “Vallejo hombre”. El siguiente escrito apareció el 25 de abril de 1988 en Caretas, específicamente en la tradicional columna de LAS, denominada ‘Cuadernos de Bitácora’ (tema de un futuro post).

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Texto original publicado en Caretas (1988).

TEXTO:

En el transcurso de las semanas anteriores, no son pocas las veces que he sido invitado para hablar del Vallejo hombre.

En realidad no somos muchos en el Perú los que le conocimos y tratamos, y en Europa tampoco son muchos los que le escucharon en sus últimos años; es decir, hace un poco más de medio siglo. Los poetas que han venido a celebrar su quincuagésimo aniversario mortal han leído sus obras y han escuchado relatos mas no le conocieron; lo cual desde luego está muy lejos de ser indispensable. Contaré mi propia experiencia no por propia sino por ajena.

Yo conocí a Vallejo a comienzos de 1918. Él había desertado momentáneamente del “Grupo Norte” de Trujillo, en donde siguiendo las sugestiones de Abraham Valdelomar formó parte de una corta asociación de escritores y músicos, todos alrededor de los 25 años: Antenor Orrego, el mayor tenía 25 años; Vallejo 24, Haya de la Torre 21, Alcides Spelucín 19. No recuerdo las fechas natales del músico Carlos Valderrama, de Francis Sandoval, hermano de María, a quien Vallejo menciona en un poema con la expresión “tú no tienes Marías que se van”; César Bringas; Juan Espejo Asturrizaga, Julio Squerre, dibujante; Eloy B. Espinoza, Manuel Vásquez Días, de 17 años y no recuerdo más. Haya de la Torre se afincó en Lima desde 1917; me parece que él fue quien me presentó a Vallejo, en una de las calles de nuestros encuentros diarios entre Acequia Alta y el Palais Concert, pero dudo de ello porque Haya emigró al Cusco precisamente en 1918.

Entonces Vallejo era un joven de 26 años, enjuto, de tez olivácea. Usaba un sombrero de paño plomo, con tafilete un poco más claro, bajo el cual alentaba la cabezota hirviente del poeta y una frente abombada, alta y ancha, y unos cabellos negros, duros y espesos. Algo que llamaba la atención en Vallejo era su frente, sus ojos negros y tristes, su audaz mentón y las dos profundas arrugas verticales que daban a su rostro una expresión lóbrega. Él era silencioso, pero de ojo perspicaz, y cuando rompía su silencio lo hacía con alusiones picantes y una risa franca, a toda dentadura, sonora pero breve… Vestía con pulcritud, pero sin ostentación, siempre, siempre un cuello blanco y duro, una corbata bien ajustada, un bastón de gancho colgado del antebrazo y unos zapatos de capellada color plomo y cuero negro. Caminaba erguido, a paso regular y solía pararse en la puerta izquierda del Palais Concert a ver pasar las cosas y encontrarse con amigos, cada vez más numerosos, entre ellos el “Corregidor” Mejía, siempre alegre e ingenioso. A veces se detenía Valdelomar quien ya andaba en su romería por el Perú como última etapa de su vida a los treinta años. Vallejo había competido en Trujillo con un poeta de apellido Hernández del cual lo diferenciaban todos, especialmente la poesía. Valdelomar había capitaneado el grupo trujillano y alentó a Vallejo a que publicara versos en Lima. Los envío a Variedades y Clemente Palma le dio respuesta negativa y absurda en la sección “Correo Franco”. Eran los días en que Vallejo había sufrido un desengaño sentimental a causa de la diferencia social con la muchacha que pretendía. Eso había dado lugar a que Haya de la Torre escribiera una comedia: Triunfa Vanidad que en Trujillo estrenó, y no repitió la compañía de comedias de la diminuta Amalia Isaura. Como colofón de ese episodio Haya publicó en La Industria de Trujillo (1916) un soneto dedicado a ese episodio y firmado con el seudónimo de “Juan Amateur” evocación innegable del seudónimo Juan Croniqueur que hizo célebre José Carlos Mariátegui. El soneto ha sido reproducido por mí en varios lugares.

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Ilustración que se publicó junto al texto. Autor: Mario Molina.

Pero estamos en 1918. Vallejo visitó a don Manuel González Prada quien vivía a una cuadra de distancia de la pensión del poeta, situada en la casa de la señora María Vargas de Vargas. Allí vivía en compañía de Crisólogo Quezada, un talentoso trujillano, que sería primer jefe de la campaña política de Haya de la Torre en 1931 y, a quien, por una particularidad física, llamábamos “el cacique diente único”. De allí nace la composición “Los dados eternos” que Vallejo dedicó a González Prada en el volumen “Los Heraldos Negros”.

Cuando este libro apareció en 1918, Valdelomar le dedicó parte de una crónica suya aparecida en la revista Sudamérica, que dirigía Carlos Pérez Cánepa. El artículo tiene como tema principal un libro de José Antonio de Lavalle sobre Agricultura y Valdelomar lo aprovecha para incluir con ardiente elogio a “Los Heraldos Negros”.

La pensión en que vivían Vallejo y Crisólogo Quezada formaba parte de un vasto edificio perteneciente a los Correo y Valle, cuya entrada principal se hallaba en la calle de Gallos. El libro de Vallejo impresionó profundamente a los lectores limeños por varias razones: su tono sencillo y emotivo, sus reminiscencias palpables de Julio Herrera y Reissig, así como por la evidente presencia de Chocano a través de cuatro sonetos del libro. Pero lo que más impresionó fue la honda preocupación cristiana y por tanto humana de alguno de esos poemas como “… hay golpes en la vida…”, “la de a mil”, “el pan nuestro” y los “pasos lejanos”; en esta última, recordando a sus padres, hay dos versos que no he olvidado: “Hay dos caminos blancos viejos: por ellos va mi corazón a pie”.

El año 19 Vallejo se matricula en el curso de Estética del tercer año de la Facultad de Letras de San Marcos. Yo estaba matriculado en el año entero, así como en el primero de Derecho y Ciencias Políticas. Haya de la Torre que había regresado del Cusco, e iniciado la Reforma Universitaria estaba matriculado también en ese curso de Estética que regentaba don Alejandro O. Deustua, filósofo y Decano de la Facultad. César gustaba de pasearse sólo por el pasillo izquierdo que va del patio de los Naranjos al Salón General de Letras. Enarbolando su bastón y a pasos lentos medía la distancia, a veces nos cruzábamos y cambiábamos palabras. No recuerdo bien si le acompañaron ahí los poetas Zuleta y Castilla, pero sí, estoy seguro, de que el poeta Juan José Lora fue uno de los que por ese tiempo se acercaron a Vallejo. Estalló la Reforma Universitaria, se suspendieron las clases y perdí de vista a Vallejo, él se había marchado a Santiago de Chuco, su tierra natal, en donde lo esperaba una de las aventuras más estúpidas que se han dado en nuestro medio: unos enemigos suyos lo acusaron de ladrón e incendiario, lo metieron a la cárcel. Sus amigos de Lima, protestamos en los diarios especialmente Gastón Roger que lo hizo en un excelente artículo en La Prensa de la tarde. Pasaron largos meses antes de que el abogado trujillano Carlos E. Godoy (Papá Godoy le decíamos en la Constituyente de 1931) lograra su libertad. Ya era entrado 1921 si no me equivoco. Vallejo volvió a Lima mientras sus compañeros Orrego y Spelucín procedían a fundar el diario El Norte consagrado principalmente a atacar los excesos de la Northern Mining Company. Vallejo publicó en Lima Trilce y Escalas Melografiadas, que según me ha dicho el escritor francés Claude Cuffon se ha reeditado últimamente en París. Trilce fue un escándalo de silencio. Antenor Orrego le había escrito un prólogo excelente. Los periódicos de Lima no mencionaron el libro excepto una pequeña nota de “Clovis”. Luis Varela y Orbegozo y un tímido comentario mío en la revista Mundial. Trilce era mucho manjar exótico para un paladar limeño de 1922. Como antiguo profesor de castellano y permanente lector de versos barrocos, especialmente los de Góngora, los de Quevedo y los de Lope contra Góngora, Vallejo, atormentado por una creciente fiebre expresiva inventa palabras, las yuxtapone, crea imágenes inesperadas y familiares y publicó ese tomo que, años después, en 1931, reproduciría en Madrid el contradictorio José Bergamín. En cuanto a Escalas pasó inadvertido y era sin embargo el relato de las noches atormentadas de Vallejo en la prisión: libro poético como el de un nuevo conde de Lautremont. Pasaron los meses y Vallejo hacía una bohemia un poco triste, entonces habitó en la calle de Quilca, casi frente al Teatro Colón, en una habitación alquilada por Manuel Vásquez Díaz a quien habían expulsado de la Universidad de Trujillo. Manuel Vázquez Díaz llamaba a la cama de su cuarto, “la cama incansable” porque él la ocupaba ocho horas; a esa hora llegaba Juan José Lora, más bohemio que todos, y se acostaba otras ocho y luego caía Vallejo que la ocupaba por las ocho restantes. Exageración aparte, era una vida libre y dura y al mismo tiempo dulce. Muchos hablan de cierto alcoholismo de Vallejo: no lo creo tan exacto. Bebía como todos y dejaba de beber como todos. Escribía y escribía. Concurría a la librería “La Aurora Literaria”, cuyos dueños, dos españoles, Lorenzo y Rego tenían en mucho a su clientela literaria: la librería estaba frente a La Prensa en la calle Baquíjano. Haya de la Torre volvió el año 22 de su viaje por el Sur del continente. Ya la universidad se había reabierto pues fue clausurada por sus profesores durante todo el año 21. Yo tuve que partir en un viaje periodístico a Colombia el 16 de mayo de 1923: fue la última vez que mis ojos vieron a Vallejo, se presentó en la estación del tranvía que iba al Callao en la Av. La Colmena y me entregó un paquete de libros suyos: Fabla salvaje, preciosa novela provinciana que acababa de publicar en la colección de novelas que editaba Pedro Barrantes Castro. Ella me sirvió para presentar a Vallejo ante el público de Colombia un mes más tarde y al de Venezuela. Volví en octubre de 1923, Vallejo había partido a Europa en junio acompañado de Julio Gálvez Orrego, el “chino” Gálvez, bohemio impenitente cuya muerte es para mí, aún, un misterio pues ocurrió en España durante la guerra civil; no sé si Vallejo lo frecuentaba ya.

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Foto publicada en Caretas.

Entre 1923 y 1938 cambiamos cartas de las que vale recordar tres episodios. Uno, en 1927 me remitió tres poemas, entre ellos el que empieza “Me moriré en París con aguacero…” diciéndome que no publicaría más versos; mi artículo comentándolo salió en Mundial; dos, en 1937 con sello de “Le grand Journals” y en compañía de Neruda a quien yo estaba publicando en esos momentos un libro, me escribió desde París invitándome a representar al Perú en el Congreso de Escritores Anti Fascistas, a celebrarse en Valencia en donde estaba ya el gobierno republicano, el Consulado del Perú en Santiago me negó la visa y César me hizo el honor de reemplazarme en aquella memorable asamblea donde asistieron Alberto Romero por Chile y Pablo Rojas Paz por la Argentina. Tres, la carta de enero de 1938, en que a tres meses de su muerte me escribió un mensaje lleno de ternura en el cual, por encima de toda diferencia ideológica y política sólo me preguntaba por sus viejos amigos, Haya de la Torre, Orrego, Spelucín y Vásquez Díaz. Menos de tres meses después expiraba en un hospital de París. Casi inmediatamente Georgette me escribió pidiéndome un prólogo para Poemas Humanos cuyo principal accionista fue Alfredo González Prada; mi prólogo fue publicado como epílogo o colofón y pienso que éste era su verdadero lugar.

Y, prescindo de toda nota que no sea directamente personal aunque me tienta terriblemente la idea de escribir en otro tono sobre su vida y su obra. Si me queda tiempo, tal vez lo haga.

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César Vallejo es docente en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe.

Los últimos días de vida de César Vallejo relatados por Georgette.

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