Raúl Porras Barrenechea, vivo en la memoria: por Marco Martos

“Un individuo del talento de Porras hubiera destacado en cualquier actividad y en cualquier otro país. Le tocó ser peruano y fue historiador y diplomático”, escribió el poeta Marco Martos en la siguiente semblanza sobre Porras Barrenechea. En este artículo, que se publicó el 8 de abril de 1991 en la revista Caretas, Martos recuerda que Porras sabía enlazar, como nadie, el dato histórico con la reflexión justa y con algo que escasea en este país de tanta vana palabra: “la idea del Perú como un todo, como una nación en permanente formación, donde la tradición solo tiene sentido si llamea en el corazón de los hombres”.

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Raúl Porras Barrenechea. Fuente: Caretas.

TEXTO:

Raúl Porras Barrenechea, vivo en la memoria

Maestro y diplomático entregado a la causa del Perú.

Escribe: MARCO MARTOS

Cuando Raúl Porras Barrenechea dictaba sus clases de historia en las Facultades de Letras de San Marcos o de la Católica se suspendían todas las demás actividades del claustro. Los austeros recintos universitarios se empequeñecían colmados de tanta multitud. Ávidos estudiantes con el entusiasmo de quienes empiezan un camino arduo y hermoso, severos profesores de rostro hierático, entusiastas trabajadores administrativos y de servicios, curiosos que deambulan por los patios universitarios, todos estaban pendientes de la modulación de la palabra, del verbo pausado y convincente de ese hombre menudo ligeramente entrado en carnes, de rostro rubicundo, de cabellas blancos, de mirada franca y honesta, que, como pocos en el siglo XX, menos que los dedos de una mano, merece ese título modesto y alto a la vez: el de maestro.

Es una mañana de mayo o de junio de 1960.  Ese personaje impecablemente vestido de azul, de chaleco almidonado y zapatos brillantes como espejos que entra en el patio de la Universidad Católica flanqueado por el decano de la Facultad de Letras José Agustín de la Puente y Candamo y por el secretario de la Facultad de Letras Luis Felipe Guerra, es el Canciller del Perú, es Raúl Porras, próximo a dictar su última clase. Morirá en setiembre después de haber presidido la delegación peruana en la Conferencia de Cancilleres Americanos de San José de Costa Rica, donde, como dice Alberto Tauro “en armonía con la tradición internacional del Perú defendió brillantemente el principio de no intervención” cuando se discutían acciones diplomáticas a tomarse frente al gobierno cubano. Porras avanza lentamente en medio de la mirada asombrada de los estudiantes. Es un mito viviente. Alguien de quien no se esperan palabras y palabras, sino una palabra, la más exacta, la más precisa.

Ahora está Porras en lo alto del estrado, en la mesa de tapete verde. Mueve lentamente algunos papeles. Se coloca los anteojos.  El silencio va reemplazando al murmullo, a la admiración misma entre los asistentes. Nadie fuma. Nadie deja crujir papel celofán en los bolsillos. Ahora empieza a hablar Porras. La esencia de lo que dice será imborrable para cientos de personas.

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Fuente: Caretas.

 

Han pasado más de treinta años desde ese instante, pero para quienes fuimos muy jóvenes en ese momento, escuchar a Porras fue el acontecimiento cultural más importantes de nuestras vidas. Porras tenía lo que puede llamarse una sana erudición, es decir, no ese batiburrillo de libros y acontecimientos que algunos sabihondos de hogaño repiten en cafés y cátedras universitarias, que no es tampoco ese conocimiento ofensivo para los intonsos de quienes algo han avanzado en el camino del saber y se sienten en la estratósfera, alejados de los demás hombres. Como nadie, Porras sabía enlazar el dato histórico con la reflexión justa y con algo que escasea en este país de tanta vana palabra: la idea del Perú como un todo, como una nación en permanente formación, donde la tradición solo tiene sentido si llamea en el corazón de los hombres. Los que tuvimos el privilegio de escuchar a Porras, aunque fuese una vez y después nos volcamos a sus libros, aprendimos algo que nadie nos podrá arrancar: el amor a esta tierra a “este Perú auténtico y famoso”.

Porras, nacido en Pisco en 1897, ingresó a San Marcos en 1912. Se le suele considerar miembro de la generación de 1919 porque en ese año participó en la Conversatorio Universitario con una conferencia sobre José Joaquín Larriva. También tuvo actuación destacada en el Congreso de Estudiantes del Cuzco (así se escribía en esos años, antes del antizetismo cusqueño actual) de 1920.

En esta época también ingresa al ministerio de Relaciones Exteriores como secretario el ministro Melitón Porras para iniciar la carrera diplomática que lo llevó a ocupar una serie de puestos como la Jefatura del Archivo de los Límites en 1926 que le permitieron conocer, en la entraña misma de los problemas, cómo se formó el Perú. Y eso es precisamente lo que trasmitía Porras en sus clases: la idea de que el Perú no existe desde siempre, que numerosos pueblos muy diferentes entre sí poblaron este territorio. En sus polémicas investigaciones Porras concluye que el nombre Perú  fue desconocido por los Incas, fue impuesto por los conquistadores españoles y rechazado por los indios que se negaban a usarlo según el testimonio de Valera, Acosta y Garcilaso. Pero más allá de los detalles, Porras enseñaba que este Perú joven y bullente no tuvo claro perfil territorial durante muchos años, y que ya entrada la República, los tratados que fijan los límites son solo aproximaciones diplomáticas a realidades muy complejas. Conocimiento que no impidió defender “avec fierté”, con coraje, la integridad territorial de nuestro país, con precisos mesurados alegatos y en todos los foros a los que tuvo que asistir.

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Porras integró la Generación del Centenario. Foto: Caretas.

 

CODA

La lista de publicaciones de Porras es bastante larga, todas sobre el Perú. Los jóvenes pueden leer con provecho El hombre del Perú publicado por P. L. Villanueva en 1973 y a partir de esa lectura internarse en las obras mayores como Fuentes Históricas Peruanas de 1954 o Los cronistas del Perú, escrita en 1945, pero publicada en 1962 o la Historia de los Límites del Perú que aunque de 1930 tiene mucha actualidad gracias a las interpolaciones de Alberto Wagner de Reina de 1981. Una larga serie de estudios histórico-biográficos y sus libros sobre Pizarro y Garcilaso de la Vega, prueban algo que de tan sabido, no es conscientemente apreciado: aparte de ser el diplomático e historiador que conocemos, Porras es uno de los más finos estilistas de la lengua castellana. Leerlo es muy deleitoso, y esa es razón suficiente para recordarlos siempre y para tener sus libros al alcance de la mano.

Un individuo del talento de Porras hubiera destacado en cualquier actividad y en cualquier otro país. Le tocó ser peruano y fue historiador y diplomático. Sus cualidades se potenciaron en Torre Tagle, aprendió allí y allí fue también un maestro. Ahora nos llenamos de orgullo cuando pronunciamos el nombre de Javier Pérez de Cuéllar, encargado de las más difíciles tareas diplomáticas a nivel mundial. Tanto Pérez de Cuéllar como Porras antes son hombres de Torre Tagle, entregados a la causa del Perú y a la diplomacia que significa también buenos modales. En estos días el país ha visto con estupor cómo manos anónimas han tomado el nombre de Porras para ejercer actos de chantaje sobre el viceministro de Relaciones Exteriores del Perú Alejandro San Martín. Si Porras se hubiese enterado (dicho sea en el campo de la ucronía) le lanzaría, sin duda, a esta pequeña fratía negra algunos de sus más furiosos anatemas.

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