Daniel Alcides Carrión: el cholo de la ciencia, por Uriel García Cáceres

El 30 de setiembre de 1985, Caretas publicó el siguiente texto sobre Daniel Alcides Carrión (1857-1885), escrito por el médico peruano Uriel García Cáceres. En la presentación del artículo se puede leer: “El próximo sábado 5 de octubre se cumple un centenario del sacrificio que en aras de la ciencia médica realizara un joven y valeroso estudiante de medicina: Daniel Alcides Carrión. Hoy, el definido propósito de demostrar la naturaleza infecciosa de la verruga a través de la inoculación voluntaria del germen es reconocido universalmente y Carrión figura entre los grandes de la medicina mundial. Sin embargo, el mundo que rodeó a Carrión durante su existencia le fue agresivamente hostil y no fue hasta entrado el año de 1927 en que se reconoció –luego de inocular animales– la trascendencia científica de su gesto. Por inverosímil que hoy parezca, la figura del más grande hombre de la ciencia nacional fue tergiversada y deformada –hasta en sus rasgos físicos– por una sociedad racista y discriminadora que no aceptando los matices indígenas del investigador, optó por “afrancesarlo”, según detalla en este sensacional informe para CARETAS el reconocido médico Uriel García Cáceres”.

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Daniel Alcides Carrión (1857-1885). Foto: Caretas.

Texto:

Centenario de la muerte del más grande científico peruano, Daniel Alcides Carrión

Escribe: URIEL GARCÍA CÁCERES

Ha pasado un siglo, el 5 de octubre, del día que en la Maison de Santé falleciera el estudiante de medicina del quinto año de estudios como resultado de la inoculación voluntaria que se había practicado con la secreción sanguinolenta de una rojiza verruga. Carrión trataba de demostrar la “inoculabilidad” de la enfermedad. Ese concepto y esa palabra estaban en boga en el mundo científico de esa época, era el primer paso para demostrar la naturaleza infecciosa de cualquier enfermedad. Después había que buscar un agente bacteriano o microbio tanto en el enfermo atacado con el mal por estudiarse como en animal inoculado. Resulta que era y es desconocido, salvo en muy contadas ocasiones, que se haya inoculado a seres humanos como sujetos de experimentación.

Isabel I de Inglaterra mandó experimentar la variolación en voluntarios, presidiarios que deseaban condonar su pena. La variolación fue el procedimiento que consistía en infectar mínimamente (todavía no se conocía la vacunación de Jenner) con pústulas de viruela a personas para que adquirieran resistencia por vida contra esa temida enfermedad: claro que algunos morían de una diseminación. Mengele experimentó con niños judíos en los campos de concentración inoculándoles toda suerte de microbios. Pero todos esos han sido ejemplos de inoculaciones hechas por investigadores a otras personas, inclusive aquí hubo un chapucero investigador que quiso imitar a Carrión, en pellejo ajeno, con tuberculosis y sin su consentimiento.

John Hunter, a fines del siglo XVIII, se inoculó sífilis para estudiar en su cuerpo la historia natural de la enfermedad. Logró describir la etapa de diseminación de la enfermedad; él murió después de muchos años, en la vejez, de las complicaciones tardías de esa misma enfermedad, en la aorta y el corazón.

Ha habido otros como Petenhoffer quien, en una actuación científica pública, en medio de un argumento en contra del origen microbiano del Cólera, sostenido por Pasteur, arrancó de las manos de su oponente el frasco que contenía el caldo de cultivo con los terribles vibriones productores de la mortal enfermedad. Lo asombroso fue que no le pasó nada al irascible científico, poniendo en duda las teorías del gran Pasteur.

Copia (2) de CIMG8605

Fotos: Caretas.

 

Otros ejemplos menos dramáticos y, sobre todo, menos importantes en sus conclusiones han ocurrido. Pero el de Carrión es el más destacado de la Historia de la Medicina Universal. No solo porque las conclusiones que se sacó con su experimento son válidas hasta hoy y han resistido argumentos, basados en trabajos científicos más elaborados y tecnológicamente más completos que los que usó nuestro Carrión, sino por el lado humano de la hazaña.

Cuando Carrión escoge al paciente para que “no sin dificultad” su amigo, el médico Evaristo Chávez le inoculase, tiene la buena fortuna se dice esto –desde luego, por el éxito científico del experimento mas no por el trágico resultado– que la verruga escogida del niño, 14 años, estuviese seguramente plagada de los microbios causantes de la enfermedad. La adquiere y demuestra, sencillamente y sin ninguna sofisticación, que la enfermedad es inoculable. Para demostrar que él estuvo en lo cierto tuvieron que pasar muchas décadas; en 1905 Alberto Barton descubrió el microbio causante y solo, en 1927, Noguchi, trabajando con técnicas muy elaboradas en el afamado Instituto Rockefeller logró demostrar, en animales de experimentación, la inoculabilidad de la enfermedad.

Cuando, abandonado y olvidado por las notabilidades médicas de la época, gravemente enfermo con el mal que estaba estudiando, obnubilado y en discernimiento dedujo que la anemia y la fiebre que lo estaba matando era idéntica a la de la enfermedad, mal llamada Fiebre de La Oroya. Otra vez aquí hubo discusión sobre la validez de esta conclusión. En 1913 la Universidad de Harvard envió una expedición al Perú para resolver el problema. El grupo de investigadores estuvo presidido por el más connotado especialista, el Dr. Strong. La conclusión fue que Carrión se había equivocado; que la Fiebre de La Oroya y la Verruga Peruana eran dos enfermedades distintas, que los gérmenes descubiertos por el peruano Barton eran los causantes de la primera enfermedad y que los de la Verruga había que buscarlos. Años después, en una segunda expedición, Strong tuvo que rectificarse.

Carrión vivió en un medio hostil bajo muchos puntos de vista. “La que llevamos aquí no es vida, pues pasan cosas nunca vistas…” “Más es siempre más…  ¿Qué hacer? Paciencia y barajar…” son expresiones que se encuentran en las tiernas cartas que escribió a su madre o a su padrastro. Tenía la sensibilidad vallejiana, propia del serrano.

Copia de CIMG8605

Foto: Caretas.

 

Carrión había visto cómo la desunión, el derrotismo y la inmoralidad habían hundido a la nación en la peor crisis de su historia. Vio fracasar al primer gobernante civil, a Manuel Pardo; más tarde fue casi testigo de su asesinato. Luego la guerra con su secuela trágica de dolor y miseria. A él mismo le birlaron un puño de oro para bastón que erogó para comprar los barcos que reemplazasen a los que perdimos, cuando fuimos derrotados en Angamos, en vez de unirnos todos los peruanos estalló –con los chilenos bloqueando el Callao– un sangriento motín. Un civil, Nicolás de Piérola, se erigió en gobernante con el rimbombante título de “Dictador Supremo y Defensor de la Raza Indígena”. Luego vivió toda la etapa aciaga del “Perú Yacente”. Él sí que sintió en carne propia la expresión del gran Jorge Basadre; porque el edificio de su Facultad fue convertido en cuartel por el invasor y porque sin biblioteca ni implementos de enseñanza tuvo que recibir clases en el domicilio de sus profesores y practicar en los ruinosos hospitales que el enemigo había dejado, ya que el Dos de Mayo también había sido ocupado. Al término de la ocupación ocurrió otra de las “cosas nunca vistas” por un conflicto sobre la defensa de la autonomía universitaria entre el Decano de la Facultad de Medicina y el gobernante de turno, general Iglesias, se produjo la renuncia de todos los profesores y el apresurado nombramiento de otros improvisados, en 1884, un año antes de su muerte. Y, como si esto fuese poco, el bloqueo de los puertos de nuestro litoral había sumido a la intelectualidad de la época en oscurantismo, especialmente a la ciencia médica. No se tuvieron noticias de los sensacionales descubrimientos que, precisamente desde 1879 hasta el 84 se sucedieron en alucinante sucesión, con los trabajos de Pasteur, Koch o Laverán.

“Más es siempre más”. Carrión, como todos los cholos sintió la lacerante discriminación de los adalides de las ideas de “avanzada” de entonces. Los positivistas, los neopositivistas, los darwinistas sociales despreciaban al indio y al cholo. Lo consideraban rémora para el progreso nacional y propiciaban la importación de sementales blancos para mejorar nuestra situación. Su profesor en Guadalupe –Don Pedro Paz Soldán y Unanue (Diccionario de Peruanismo)– definió al Cholo, como “una de las tantas castas que infestan este país”. Baste esta cita para comprender por qué Carrión no perteneció por ejemplo a la elitista hermandad, que se llamó Unión Fernandina. Y explica también el hecho que cuando murió, los editores de la revista de esa sociedad –formada por médicos y jóvenes estudiantes de medicina– tuvieron que cambiarle sus facciones; en vez de mostrarlo con sus recios caracteres nativos, lo desfiguraron poniéndole facciones afrancesadas. Era inconcebible que un cholo, como él era, pudiese ser famoso y glorificado.

Con una anticuada y antitécnica lanceta de vacunación, como todo implemento tecnológico, realizó un experimento que constituye un aporte a la ciencia, aunque solo fue un granito de arena. Sin mucha academia y con una dosis de valentía extraordinaria realizó obra de trascendencia. Se ha dicho que Carrión fue un cultivado científico positivista. Eso no pudo ser así. Hay que rescatar para Carrión el título adicional: el de ser un paradigma de la identidad nacional. Él nos demostró la misma capacidad creativa que los arquitectos de Machu Picchu, que sin financiación monetaria, escritura o la rueda levantaron esa maravillosa ciudad. O, mejor aún, él demostró la misma imaginación creativa –digna de un Premio Nobel– de los curanderos de Chanchamayo que descubrieron la cura para el paludismo en la corteza del árbol de la Quina. Este descubrimiento es la más importante contribución de la medicina peruana al bienestar de la humanidad.

Así es el cholo atrevido hasta la imprudencia, intuitivo e imaginativo hasta la genialidad y frente a la muerte no se arredra y se conduce con apropiada dignidad.

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Daniel A. Carrión nació en Cerro de Pasco. Foto: Caretas.

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